Lo más importante de lo menos importante

Obedeciendo a esas emociones que el deporte provoca.

“El fútbol es un invento post-colonial que sustituye a las peleas a cuchillo.”
—Jorge Luis Borges.

El gusto por un deporte, a título propio, debe de ser provocado por una experiencia personal excepcional a cualquier edad, ya sea por una influencia benigna de las personas alrededor tuyo, a través del ejemplo familiar, o bien por la atmósfera positiva que emana de la práctica o la apreciación de una disciplina deportiva, ya sea en conjunto o individual.

Fue a través de esos instantes que mi afición por el balompié, el fútbol, empezó a manifestarse a temprana edad, desde mi asistencia al estadio llevado de la mano de mi padre, hasta volverme parte de una audiencia asidua tanto en la grada o a través de un aparato televisor o radiofónico.

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Contexto

Durante tres décadas el béisbol fue la disciplina más importante en Monterrey, tras los éxitos tanto en Ligas Pequeñas (2 veces campeón mundial infantil en Williamsport, Pennsylvania) y con los Sultanes ganando banderines de la Liga Mexicana. Pero fue a partir de la década de los setentas cuando el balompié desplegó una proyección espectacular.

El Club de Fútbol Monterrey se había consolidado en la Primera División y el equipo de Tigres—auspiciado por la Universidad Autónoma de Nuevo León—se convirtió en campeón al obtener un torneo de Copa y un título de liga. La transición sufrida por ambos equipos—de ser participantes a animadores dentro del torneo nacional, y disputando el pase al playoff de manera regular—hizo que la afición hiciera suyo al fútbol. Tigres consiguió una última liga en la temporada 1981-82, cerrando con broche de oro el desempeño de una dinastía de jugadores que hasta nuestros días sigue teniendo la admiración de su público.

Uno, Uno, Uno

Campeón México ’86

Por otro lado, fue el 1 de marzo de 1986 cuando Club de Fútbol Monterrey obtuvo su primer título de liga, tras vencer en tiempos extras al Tampico-Madero, en ese momento uno de los mejores cuadros de la Primera División. El recuerdo más vívido que tengo de aquella hazaña fue ver llegar a mi padre muy contento a casa tras el campeonato conseguido por el equipo. Él traía consigo un guante de hule espuma que llevaba estampado una mano levantando el dedo índice, con la leyenda “Uno, Uno, Uno”, un slogan que acompañó a los famosos “Rayados” a lo largo de aquel torneo corto de nombre “México ’86”, en el que terminó en primer lugar por primera vez en su historia.

La canción “Live is Life” del grupo Opus se convertiría en un himno no oficial y un estandarte para toda aquella generación que vio por vez primera a los Rayados como campeones. Mi padre me llevaba a los partidos de Rayados en el vetusto Estadio Tecnológico, cuando todavía se podía comprar entradas en taquilla y la globalización todavía no tocaba al mundo del fútbol. Sería seguidor de este equipo azul y blanco para siempre.

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Más alto, más rápido, más fuerte

Fue entre 1992 y ’93 que empecé a obedecer a esas emociones que el deporte provoca. Ayudó muchísimo la constante difusión televisiva en México de múltiples disciplinas a nivel internacional y el atinado spotlight a las leyendas que los engalanaban, tales como Senna, Prost y Schumacher en el “Gran Circo” de la Formula Uno; los carteles súper estelares del “Consejo Mundial de Lucha Libre” en la Arena Coliseo y en la Arena México, “Lucha Libre Internacional” en el Toreo de Cuatro Caminos y la “tres veces estelar Triple A” a lo largo y ancho de la República Mexicana; los pases certeros de Jim Kelly para llevar al éxito a los Buffalo Bills en el futbol americano de la NFL (a pesar de perder 4 Super Bowls consecutivos); las epopeyas labradas por Michael Jordan y Scottie Pippen tanto en la NBA como en el Dream Team de Barcelona ‘92; el histórico partido de pretemporada NBA en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México entre los New York Knicks de Patrick Ewing contra los Houston Rockets de Hakeem Olajuwon (nadie anticipaba que se verían las caras en la final de la liga un año después); la victoria por decisión unánime del pugilista Julio César Chávez contra Héctor “Macho” Camacho en Las Vegas, el triunfo histórico contra Greg Haugen en un repleto Estadio Azteca y el polémico empate ante Pernell Whitaker en el Alamodome de San Antonio, Texas; los duelos en peso completo de Larry Holmes, Riddick Bowe y Evander Holyfield; el triunfo impensable de Dinamarca sobre Alemania en la final de la Euro ’92—el primer partido de fútbol europeo del que tengo memoria—y los goles de un excéntrico pero brillante futbolista francés de nombre Eric Cantona que colocaban los cimientos de una dinastía inmortal como fue la del Manchester United de Alex Ferguson en la Premier League inglesa, y cuyos partidos eran retransmitidos por la entonces cadena de televisión gubernamental de Imevisión, y que ahora se le conoce como Televisión Azteca.

De igual manera las Grandes Ligas se convirtieron en un must-see: en una época marcada por el bicampeonato de Toronto, una huelga de jugadores, el pitcheo elegante de Atlanta, la Serie Mundial del 2001 (la mejor de todas), las dos victorias de los sui géneris Marlines, el récord de Cal Ripken, Jr., el “Moneyball”, el adiós del Yankee Stadium, el dominio de los Giants, las derrotas seguidas de los Rangers, los jonrones de McGwire y Sosa y la maldición rota por Boston y los Cubs labraron en conjunto un camino inolvidable para la pelota caliente.

Elenco de “Los Protagonistas”, en el Mundial de Italia ’90.

La miscelánea deportiva estaba al por mayor, y en cada canal había de todo como en botica. De igual forma, las voces que le dieron forma y fondo a esas imágenes contribuyeron de forma esencial para convertir en icónicas todas estas hazañas: desde leyendas del micrófono como Angel Fernández, Pedro “El Mago” Septién y Fernando Marcos, pasando por sus dignos, capaces y controversiales herederos tales como José Ramón Fernández, Alfonso Morales, Enrique Garay, José Roberto Espinoza, Marco Tolama, Luis Manuel López, Gerardo Peña, Arturo Rivera, Alfredo Domínguez Muro, Joaquín Castillo, Juan Dosal, Enrique Burak, Antonio de Valdés, Jorge “Sonny” Alarcón, Fernando Von Rossum, Antonio Moreno, Rafael Puente, André Marín, Roberto Gómez Junco, “Pepe” Segarra, Raúl Orvañanos, Raúl Sarmiento, David Faitelson, Alfredo Ruíz, Emilio Fernando Alonso, Eugenio Díaz, Jorge “Che” Ventura, Teodoro Cano, Roberto Guerrero Ayala, Eduardo Trelles, Andrés Maroñas, Alberto Fabriz, José Luis Lamadrid, Carlos Albert, Enrique Bermúdez de la Serna, Francisco Javier González y Miguel Linares y Rodríguez, consolidando esa cercanía entre el deporte y mi persona para siempre, siendo emisiones a nivel nacional como “Acción”, “Controvertido”, “En La Jugada”, “En Caliente”, “DeporTV” y “Los Protagonistas”, y regiomontanas como el tradicional “Futbol al Día” (con Roberto Hernández, Jr.), las cápsula de análisis quirúrgicos de “El Juego del Hombre” con Antonio Nelli y Francisco Javier González en Multimedios Estrellas de Oro/Canal 12; el cerebral “Oe Oe Oe Un Canto al Deporte” (con Paco González y Tito Manríquez), el congruente “Todo Deporte” (con Angel Robles, Alejandro Campos, Javier Héctor Gutiérrez y Milo Cruz), el cáustico, irreverente y necesario “Fuera de Lugar” (con Mario Castillejos y Augusto Trigos), y la mesa redonda de “La Peña Futbolística” (con Memo Martínez y Juan Manuel García), fueron en conjunto las asignaturas obligadas para graduarnos en el arte del análisis y consumo del deporte en general, siendo notorio ese énfasis en el balompié como disciplina más popular en nuestro país–aunque el basquetbol sigue siendo el más practicado en toda la nación.

La cereza en el pastel se daba cada cuatro años cuando “Los Protagonistas” desmenuzaban los pormenores tanto del Mundial de Fútbol de la FIFA como de los Juegos Olímpicos. Este programa explosionó la figura de personajes como José Ramón Fernández, Andres Bustamente y Víctor Trujillo, haciendo una combinación sui géneris entre el análisis deportivo con bloques de comedia y entretenimiento que fueron tanto ágiles, audaces, memorables, inteligentes, amenos y divertidos.

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Regio Deporte

La práctica del deporte como una constante en mi ciudad la volvió un terreno fértil para tener a equipos representativos en los planos más competitivos. El renacimiento de los Sultanes a principio de la década de los noventas—tras inaugurar un nuevo estadio en 1990 y siendo campeones tras 29 años de sequía en 1991—coincide con el advenimiento de los Borregos Salvajes del ITESM—quienes consiguen en 1993 su primer título de futbol americano colegial en 17 años. Además, aparece en la ciudad una franquicia que se volvería histórica: La Raza de Monterrey en el fútbol rápido profesional, y del cual el Monterrey Flash tomaría su estafeta posteriormente. La aparición de Fuerza Regia en el baloncesto en el año 2001 completaría la presencia de los deportes más populares en suelo regio.

En aquel ’93 y con trece años cumplidos me sentía sin duda más consciente de mis aficiones y hobbies, y los recuerdos eran más lúcidos; leía mucho más, la televisión era un auténtico mundo abierto y tiraba del periódico más allá de los comics dominicales.

Pero sin duda lo que selló el trato entre los deportes y yo fue que mi equipo del Monterrey disputaba otra vez el campeonato mexicano de la Primera División, y esta vez sería testigo de esa proeza. El camino a la final de liga fue forjada por una generación inmejorable de estupendos futbolistas, y que en esas épocas conservaba para la posteridad en un álbum de cromos el cual, lamentablemente, ya no existe.

Ya tenía trece años y, como dijo alguna vez Manuel Jabois, fue cuando aparecieron las desgracias: el Monterrey perdió ese título tras una desastrosa serie final contra el Atlante de Ricardo Lavolpe. A pesar de perder el primer duelo por 1-0, el ánimo del público rayado estaba al máximo; pero cuando el delantero argentino Sergio Verdirame falla un penalti, el equipo se desmoronó y el cotejo fue dominado de principio a fin por los “Potros de Hierro”. Ese 0-4 global fue quizás la primera decepción de mi vida, y el hecho de que la gente le aplaudiera al rival y pidiera que nuestro equipo diera la vuelta olímpica a pesar de perder me sigue provocando emociones encontradas. El hecho de que ese gesto nos diese una placa como “La Mejor Afición de México” (incrustada en un acceso dentro del ya demolido Estadio Tecnológico), prácticamente hizo inútil cualquier discusión al respecto. La ironía, como podrán ver, se hacía presente por primera vez.

Tras este traspié, el fútbol regiomontano entraría en un período de oscurantismo y a pesar de tener a una masa social como ninguna otra. La fuerza de Tigres y Rayados como locales contrastaría dramáticamente con su desempeño fuera de casa, siendo un proverbial “cheque al portador”. Se sigue diciendo que la prosperidad tanto social como económica dentro de la ciudad “aburguesaba” a los jugadores, siendo la excusa por excelencia para justificar su bajo desempeño en el rectángulo verde. Ganar “El Clásico”—el duelo deportivo entre ambas escuadras—era la consolación de rigor, y si se calificaba al playoff ya se consideraba un triunfo que salvaba a la temporada. El conformismo se había impregnado totalmente en la cultura futbolera de la región.

El renacimiento del futbol regiomontano no se daría hasta entrado el siglo XXI y, mientras tanto, Sultanes, Borregos, Fuerza Regia, el Flash y La Raza cosechaban los éxitos que demandaba el deporte local.

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El fútbol tricolor

Aún y cuando a nivel local teníamos males endémicos y pocas satisfacciones, estaba enganchado al balompié y mi interés por la escena nacional y global se iba exponenciando. Lógicamente, en la niñez se presenta esa tendencia de analizar concienzudamente la minucia detrás de todo, por lo que los recortes de periódicos y la recopilación de estadísticas deportivas se dio al por mayor, formando una base de conocimiento que va formando un criterio, de la misma forma que apreciando el propio juego, aún y cuando nunca pude ser ni destacado, disciplinado, eficiente ni diestro teniendo una pelota en manos y pies.

Mundo pelota: Salón de la Fama del fútbol en Pachuca, Hidalgo, México. Único en el orbe.

Quedaba claro que iba a ser un aficionado de tribuna, e intenté por todos los medios de ser bueno en ello, siendo receptivo a lo que se suscita en el ambiente dentro y alrededor del fútbol en México. E hincha, porque como lo dice el entrenador Marcelo Bielsa el fútbol puede prescindir de todo pero no puede seguir viviendo sin escudo, porque el escudo es el que emociona. Pero tampoco quería ser, como dijo sabiamente el periodista disidente Iñigo Arza “irresponsable e infantil”, ni cerrar mis ojos ante la obviedad por querer disfrutar de unos privilegios que no me corresponden.

Si la sociedad era irresponsable e infantil, haría todo lo posible por no serlo yo, dando tumbos por esta vida si fuese necesario, a pesar de que entregar el corazón a las primeras de cambio al ver ganar o perder a tu equipo es una indulgencia vital para mantener ese romance, esa conexión entre un deporte y esos matices alrededor suyo que provocan diversos estados de ánimo.

El llegar a Cuartos de Final en el Mundial jugado en nuestro país fue un suceso sin precedentes que alimentaba la esperanza para muchas cosas, pero en la realidad el fútbol azteca había alcanzado su techo. Desafortunadamente, un 30 de Junio de 1988 se dio el destape de los llamados “Cachirules” en los medios de comunicación nacionales. La FIFA, máximo organismo futbolero, suspende a varios ejecutivos de la Federación Mexicana de Fútbol y excluye a México de participar en toda competición de su jurisdicción durante un período de 2 años, tras los resultados de una investigación sobre registros de nacimiento alterados de futbolistas, quienes participaron en un torneo clasificatorio de la CONCACAF para el Mundial de la categoría Sub-20.

Finalista Copa América 1993 (imagen, arriba) y 2001 (abajo): el torneo premier para México y su vitrina más importante. Prohibido descuidarlo.

Para mí este escándalo de los Cachirules era un eco distante. De lo que sí estaba consciente era de sus repercusiones como aficionado. No solamente México no asistió al Mundial de Italia en 1990, sino que el destape de esta conspiración elevó a alturas insospechadas a la figura de un comunicador deportivo como lo fue José Ramón Fernández—y junto a un equipo inigualable de analistas y colaboradores a través de la señal de Imevisión—quien enarbolaba una cruzada sin descanso contra el llamado “monopolio” que representaba en ese entonces Grupo Televisa, una empresa que no solamente era dueño del Club América (amado y odiado por igual), sino que también era acusada constantemente de intervenir en las decisiones federativas y en el gremio arbitral a su favor.

Fue cuando me di cuenta de los claroscuros del fútbol: de cómo en un verano inusual se puede perder una final de Copa América contra Argentina—con un regate de Batistuta al ‘Potro’ Gutiérrez—y regresar a casa para ser recibidos con un desfile de gala por la Ciudad de México, y 21 días después ganar la mal valorada Copa Oro goleando a Estados Unidos en un atiborrado Estadio Azteca, en el primer gran derbi “concakafkiano”—con permiso de Gómez Junco. Entre “La Mejor Afición” y “El Equipo de Todos”, me empezaba a dar cuenta de los sistemas entre los que se movía el fútbol nacional.

Campeón Copa Confederaciones 1999: el punto más alto de una generación cuyo ejemplo y estela de éxito no se continuó.

Desde los inicios de la comercialización, al fútbol en México se le ha visto siempre como un club exclusivo, siendo sujeto al escrutinio del gobierno sólo en contadas ocasiones. Este mundo insular se ha visto beneficiado con la participación de la iniciativa privada y de empresas multinacionales, las cuales son atraídas gracias al amplio alcance popular y mercadológico que ofrece esta disciplina deportiva, integrándola de inmediato a sus portafolios de negocios.

“La verdadera alineación del Tri está hecha de cervezas, refrescos y galletas. Mientras nadie toque a esos protagonistas, los que sudan en la cancha serán prescindibles.”
—Juan Villoro.

Esta bonanza entre unos cuantos siempre ha causado suspicacias en aquellos que llevan apuntes de las anécdotas y eventos alrededor del fútbol mexicano. Hay quienes se suscriben a este reclamo, y hay otros que lo ven como algo normal, algo que es inherente dentro del ámbito institucional en México (susceptible a una “corrupción endémica”, como diría John Carlin), y hay quienes se ven bajo compromisos y que tienen que ver todo esto desde la barrera, asumiendo para sí mismos una conducta intermedia hasta donde se les tenga permitido.

Campeón del Mundo Sub-17 2005: punto de inflexión desaprovechado.

¿Es realmente necesario asumir una postura de crítica? ¿Sería conveniente aceptar esta realidad de una vez por todas? ¿Qué voz y voto tenemos? Desde el momento en que se invierte dinero para consumir este deporte, ¿aceptamos ciegamente las condiciones sobre las cuales se nos entrega este producto? ¿Hasta qué punto tenemos derecho a reclamar a quienes son los dueños de no solamente el balón sino del presupuesto futbolero y los contratos publicitarios? ¿Acaso debemos tomar partido como críticos o defensores? ¿Con qué tanta verdad contamos para asumir algún juicio imparcial?

Comprender todas estas preguntas sin lugar a dudas nos lleva a alcanzar conclusiones interesantes, y que ponen en perspectiva nuestro lugar dentro de este gran aparato deportivo, del cual nos encanta opinar pero por lo general desde una respuesta poco informada o documentada, o únicamente del lado de nuestros intereses, de lo que nos conviene, y he ahí la irresponsabilidad infantil.

“El periodismo deportivo participa de las mismas virtudes y defectos que el periodismo en general. Todo se ha radicalizado mucho y hoy en día es más importante la opinión que la información, algo con lo que no comulgo. No tenemos una opinión sobre lo que ha sucedido, sino que tenemos una opinión sobre lo que alguien ha dicho que ha sucedido. Hemos conseguido que esa meta-realidad tenga más importancia que el propio acontecimiento en sí. Eso es la negación del periodismo.”
— Ramón Besa.

Sí, el balón ya no es nuestro, pero los colores permanecen de nuestro lado, aún y cuando nos hayan convertido en un componente más de un aparato social el cual está programado para generar ingresos y perpetuar un negocio redondo para pocas manos, y desafortunadamente muy lejos de otros espectáculos deportivos profesionales los cuales comparativamente disfrutan—y en el papel, hasta que no se demuestre lo contrario—de una disciplina operativa de primera línea; donde sus estructuras, líneas de comunicación y asociaciones satélite cuentan con un grado de seriedad y profesionalización altísimo, con políticas internas estrictas y bajo contratos comerciales sujetos a normas de equidad y competitividad justas.

Campeón del Mundo Sub-17 2011: brillantez extinguida.

Pero además de los colores tenemos a la pasión, otro de los elementos primordiales del fútbol y que muchos han tergiversado con polémica vacía, con lo que vende. Vemos como ciertos individuos asumen un rol de ave de las tempestades a su conveniencia, siendo un ciclo natural en donde se critica al sistema pero se está dentro de él, porque si no estás dentro de él lo que puedes pensar o decir de repente ya no es relevante. Es la falta de memoria y la doble moral al servicio de otros intereses—en aras de tener una rebanada del pastel—lo que manipula a esa pasión honesta de la opinión pública.

Analizando desde hace mucho al fútbol mexicano, nos damos cuenta de es un impasible modelo en el cual se dicen las mismas frases trilladas, los mismos discursos triviales, los mismos hechos, las mismas críticas. No hay un léxico nuevo, sólo la modernización de los esquemas.

Medalla de oro olímpica en Londres 2012: ¿la promesa de cosas mejores?

Esto de igual forma nos habla del gran sistema en el que se convierte el balompié nacional; una máquina bien aceitada y auto-sustentable gracias a la afición, periodistas, patrocinadores, promotores, jugadores, entrenadores, árbitros y dirigentes quienes conforman un status quo que se mantiene a base de resultados a corto plazo, polémica mediática, venta de parafernalia, intercambio de jugadores incapaces de agremiarse para luchar por sus derechos laborales—siendo sujetos a un injusto régimen de transferencias (o “draft”)—y la misma caravana de directores técnicos deambulando de un equipo a otro; nula profesionalización y preparación física de excelencia para el gremio arbitral; equipos en inestable competitividad, rentabilidad y/o identidad; una Selección Nacional como un producto y secuestrado por la comercialización, sin poder representar al auténtico nivel que tenemos como deporte; así como también una estructura de la Liga, sus sistemas de competencia y sus reglamentos, carentes de rigidez, cumplimiento y transparencia.

Finalistas del Mundo Sub-17 2013 y 2019: un paso más, pero no suficiente.

Todo esto desemboca en una pérdida de representatividad y presencia para los combinados nacionales, que lejos de ser exigidos para obtener mejores resultados progresivamente en las competiciones internacionales en las que participan (ya sean varoniles, femeniles y/o menores de edad), vemos que mientras se cumplan las expectativas comerciales—clasificaciones a torneos, firma de contratos publicitarios y cumplimiento de las cuotas obligatorias—los logros deportivos pasan a segundo plano. Un ciclo que se repite y que mantiene detenido el crecimiento de este deporte.

DIAGRAMAtn

La afición se aleja cada vez más de la órbita del balón, pero seguimos atrapados entre sus círculos de influencia. Click to enlarge.

En ese intento por conciliar o encontrar el punto medio entre el corazón y los matices del fútbol, quise llevar una crónica escrita de mis experiencias con este deporte a lo largo de los años. Es algo más que necesario a pesar de que—y parafraseando a Bielsa nuevamente—nada de lo que diga es algo que no se le haya escuchado a alguien antes (que quede claro). Y más aún en el medio mexicano que se balancea entre vértices muy marcados y elementos comunes con grados de separación inamovibles.

Es dentro de este sistema sui generis que tenemos muchas historias para contar y a pesar de que, como dice Jorge Valdano, el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes.