Lo más importante de lo menos importante

“El fútbol es un invento post-colonial que sustituye a las peleas a cuchillo.”
—Jorge Luis Borges.

El gusto por un deporte, a título propio, debe de ser provocado por una experiencia personal excepcional a cualquier edad, ya sea por una influencia benigna de las personas alrededor tuyo, a través del ejemplo familiar, o bien por la atmósfera positiva que emana de la práctica o la apreciación de una disciplina deportiva, ya sea en conjunto o individual.

Fue a través de esos instantes que mi afición por el balompié, el fútbol, empezó a manifestarse a temprana edad, desde mi asistencia al estadio llevado de la mano de mi padre, hasta volverme parte de una audiencia asidua tanto en la grada o a través de un aparato televisor o radiofónico.

Fue entre 1992 y ’93 que empecé a obedecer a esas emociones que el deporte provoca. Ayudó muchísimo la constante difusión televisiva en México de múltiples disciplinas a nivel internacional y el atinado spotlight a las leyendas que los engalanaban, tales como Senna, Prost y Schumacher en el “Gran Circo” de la Formula Uno; los carteles súper estelares del “Consejo Mundial de Lucha Libre” en la Arena Coliseo y en la Arena México, “Lucha Libre Internacional” en el Toreo de Cuatro Caminos y la “tres veces estelar Triple A” a lo largo y ancho de la República Mexicana; los pases certeros de Jim Kelly para llevar al éxito a los Buffalo Bills en el futbol americano de la NFL (a pesar de perder 4 Super Bowls consecutivos); las epopeyas labradas por Michael Jordan y Scottie Pippen tanto en la NBA como en el Dream Team de Barcelona ‘92; la victoria por decisión unánime del pugilista Julio César Chávez contra Héctor “Macho” Camacho en Las Vegas; el homerun de Joe Carter en la Serie Mundial vs. los Phillies para hacer bicampeones a los Blue Jays de Toronto, y los goles de un excéntrico pero brillante futbolista francés de nombre Eric Cantona que colocaban los cimientos de una dinastía inmortal como fue la del Manchester United de Alex Ferguson en la Premier League inglesa, y cuyos partidos eran retransmitidos por la entonces cadena de televisión gubernamental de Imevisión, y que ahora se le conoce como Televisión Azteca.

¿Y lo que selló el trato? el equipo de mi ciudad, el Club de Futbol Monterrey, disputaba el campeonato mexicano de la Primera División, una proeza forjada por una generación inmejorable de estupendos futbolistas y que en esas épocas conservaba para la posteridad en un álbum de cromos el cual, lamentablemente, ya no existe.

Lógicamente, en la niñez se presenta esa tendencia de analizar concienzudamente la minucia detrás de todo, por lo que los recortes de periódicos y la recopilación de estadísticas deportivas se dio al por mayor, formando una base de conocimiento que va formando un criterio, de la misma forma que apreciando el propio juego, aún y cuando nunca pude ser ni destacado, disciplinado, eficiente ni diestro teniendo una pelota en manos y pies.

Mundo pelota: Salón de la Fama del fútbol en Pachuca, Hidalgo, México. Único en el orbe.

Quedaba claro que iba a ser un aficionado de tribuna, e intenté por todos los medios de ser bueno en ello, siendo receptivo a lo que se suscita en el ambiente dentro y alrededor del fútbol en México. E hincha, porque como lo dice el entrenador Marcelo Bielsa el fútbol puede prescindir de todo pero no puede seguir viviendo sin escudo, porque el escudo es el que emociona. Pero tampoco quería ser, como dijo sabiamente el periodista disidente Iñigo Arza “irresponsable e infantil”, ni cerrar mis ojos ante la obviedad por querer disfrutar de unos privilegios que no me corresponden. Si la sociedad era irresponsable e infantil, haría todo lo posible por no serlo yo, dando tumbos por esta vida si fuese necesario, a pesar de que entregar el corazón a las primeras de cambio al ver ganar o perder a tu equipo es una indulgencia vital para mantener ese romance, esa conexión entre un deporte y esos matices alrededor suyo que provocan diversos estados de ánimo.

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La afición se aleja cada vez más de la órbita del balón, pero seguimos atrapados entre sus círculos de influencia. Click to enlarge.

En ese intento por conciliar o encontrar el punto medio entre el corazón y los matices del fútbol, quise llevar una crónica escrita de mis experiencias con este deporte a lo largo de los años. Es algo más que necesario a pesar de que—y parafraseando a Bielsa nuevamente—nada de lo que diga es algo que no se le haya escuchado a alguien antes (que quede claro). Y más aún en el medio mexicano que se balancea entre vértices muy marcados y elementos comunes con grados de separación inamovibles:

Desde los inicios de la comercialización del fútbol en México se le ha visto siempre como un club exclusivo, siendo sujeto al escrutinio del gobierno sólo en contadas ocasiones. Este mundo insular se ha visto beneficiado con la participación de la iniciativa privada y de empresas multinacionales, las cuales son atraídas gracias al amplio alcance popular y mercadológico que ofrece esta disciplina deportiva, integrándola de inmediato a sus portafolios de negocios.

Finalista Copa América 1993 (imagen, arriba) y 2001 (abajo): el torneo premier para México y su vitrina más importante. Prohibido descuidarlo.

Esta bonanza entre unos cuantos siempre ha causado suspicacias en aquellos que llevan apuntes de las anécdotas y eventos alrededor del fútbol mexicano. Hay quienes se suscriben a este reclamo, y hay otros que lo ven como algo normal, algo que es inherente dentro del ámbito institucional en México (susceptible a una “corrupción endémica”, como diría John Carlin), y hay quienes se ven bajo compromisos y que tienen que ver todo esto desde la barrera, asumiendo para sí mismos una conducta intermedia hasta donde se les tenga permitido.

“La verdadera alineación del Tri está hecha de cervezas, refrescos y galletas. Mientras nadie toque a esos protagonistas, los que sudan en la cancha serán prescindibles.”
—Juan Villoro.

¿Es realmente necesario asumir una postura de crítica? ¿Sería conveniente aceptar esta realidad de una vez por todas? ¿Qué voz y voto tenemos? Desde el momento en que se invierte dinero para consumir este deporte, ¿aceptamos ciegamente las condiciones sobre las cuales se nos entrega este producto? ¿Hasta qué punto tenemos derecho a reclamar a quienes son los dueños de no solamente el balón sino del presupuesto futbolero y los contratos publicitarios? ¿Acaso debemos tomar partido como críticos o defensores? ¿Con qué tanta verdad contamos para asumir algún juicio imparcial?

Campeón Copa Confederaciones 1999: el punto más alto de una generación cuyo ejemplo y estela de éxito no se continuó.

Comprender todas estas preguntas sin lugar a dudas nos lleva a alcanzar conclusiones interesantes, y que ponen en perspectiva nuestro lugar dentro de este gran aparato deportivo, del cual nos encanta opinar pero por lo general desde una respuesta poco informada o documentada, o únicamente del lado de nuestros intereses, de lo que nos conviene, y he ahí la irresponsabilidad infantil.

“El periodismo deportivo participa de las mismas virtudes y defectos que el periodismo en general. Todo se ha radicalizado mucho y hoy en día es más importante la opinión que la información, algo con lo que no comulgo. No tenemos una opinión sobre lo que ha sucedido, sino que tenemos una opinión sobre lo que alguien ha dicho que ha sucedido. Hemos conseguido que esa meta-realidad tenga más importancia que el propio acontecimiento en sí. Eso es la negación del periodismo.”
— Ramón Besa.

Sí, el balón ya no es nuestro, pero los colores permanecen de nuestro lado, aún y cuando nos hayan convertido en un componente más de un aparato social el cual está programado para generar ingresos y perpetuar un negocio redondo para pocas manos, y desafortunadamente muy lejos de otros espectáculos deportivos profesionales los cuales comparativamente disfrutan—y en el papel, hasta que no se demuestre lo contrario—de una disciplina operativa de primera línea, donde sus estructuras, líneas de comunicación y asociaciones satélite cuentan con un grado de seriedad y profesionalización altísimo, con políticas internas estrictas y bajo contratos comerciales sujetos a normas de equidad y competitividad justas.

Campeón del Mundo Sub-17 2005: punto de inflexión desaprovechado.

Pero además de los colores tenemos a la pasión, otro de los elementos primordiales del fútbol y que muchos han tergiversado con polémica vacía, con lo que vende. Vemos como ciertos individuos asumen un rol de ave de las tempestades a su conveniencia, siendo un ciclo natural en donde se critica al sistema pero se está dentro de él, porque si no estás dentro de él lo que puedes pensar o decir de repente ya no es relevante. Es la falta de memoria y la doble moral al servicio de otros intereses—en aras de tener una rebanada del pastel—lo que manipula a esa pasión honesta de la opinión pública.

Campeón del Mundo Sub-17 2011: brillantez extinguida.

Analizando desde hace mucho el fútbol mexicano, nos damos cuenta de es un impasible modelo en el cual se dicen las mismas frases trilladas, los mismos discursos triviales, los mismos hechos, las mismas críticas. No hay un léxico nuevo, sólo la modernización de los esquemas. Esto de igual forma nos habla del gran sistema en el que se convierte el balompié nacional, una máquina bien aceitada y auto-sustentable gracias a la afición, periodistas, patrocinadores, promotores, jugadores, entrenadores, árbitros y dirigentes quienes conforman un status quo que se mantiene a base de resultados a corto plazo, polémica mediática, venta de parafernalia, intercambio de jugadores incapaces de agremiarse para luchar por sus derechos laborales—siendo sujetos a un injusto régimen de transferencias (o “draft”)—y la misma caravana de directores técnicos deambulando de un equipo a otro; nula profesionalización y preparación física de excelencia para el gremio arbitral; equipos en inestable competitividad, rentabilidad y/o identidad; una Selección Nacional como un producto y secuestrado por la comercialización, sin lograr ser el representativo del auténtico nivel que tenemos como deporte, así como una estructura de la Liga, los sistemas de competencia y sus reglamentos carentes de rigidez, cumplimiento y transparencia.

Todo esto desemboca en una pérdida de representatividad y presencia para los combinados nacionales, que lejos de ser exigidos para obtener mejores resultados progresivamente en las competiciones internacionales en las que participan (ya sean varoniles, femeniles y/o menores de edad), vemos que mientras se cumplan las expectativas comerciales—clasificaciones a torneos, firma de contratos publicitarios y cumplimiento de las cuotas obligatorias—los logros deportivos pasan a segundo plano. Un ciclo que se repite y que mantiene detenido el crecimiento de este deporte.

Medalla de oro olímpica en Londres 2012: ¿la promesa de cosas mejores?

Es dentro de este sistema sui generis que tenemos muchas historias para contar y a pesar de que, como dice Jorge Valdano, el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes.