Batman vs. Superman: Dawn of Justice

BVSposterBatman vs. Superman: Dawn of Justice | Estados Unidos, 2016
Dirigida por Zack Snyder
Libreto cinematográfico por Chris Terrio y David S. Goyer, basada en una historia por Goyer y Snyder
Reparto: Ben Affleck, Henry Cavill, Amy Adams, Jesse Eisenberg, Diane Lane, Lawrence Fishburne, Jeremy Irons, Holly Hunter, Gal Gadot, Harry Lennix, Scoot McNairy, Tao Okamoto, Callan Mulvey, Michael Shannon, Ezra Miller, Jason Momoa, Ray Fisher y Kevin Costner
Cinematografía por Larry Fong
Musicalización por Hans Zimmer y Tom ‘Junkie XL’ Holkenborg
Edición por David Brenner
Producida por DC Entertainment, RatPac Entertainment, Atlas Entertainment y Cruel and Unusual Films
Distribuida por Warner Bros. Pictures

No cabe duda que Batman vs. Superman: Dawn of Justice va a marcar un hito en el cine comercial contemporáneo, y desafortunadamente por las razones equivocadas.

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EL INTERNET SE PARTE EN DOS, AGAIN!

Reseñar y emitir un juicio a favor o en contra de manera objetiva debería de ser algo sencillo—tanto por los fans y los especialistas—pero pareciese que toda opinión sobre este film está siendo irremediablemente influenciada por una gran cantidad de factores externos, y que sin temor a equivocarnos están marcando una tendencia sumamente perniciosa en este (todavía) entretenido ejercicio que es la tertulia y la crítica de cine.

Y esto se debe a un contexto que ha tomado una forma muy peculiar alrededor de la industria cinematográfica en los últimos cuatro años, y si buscamos algún punto de comparación en los anales de la historia tendríamos que remontarnos al llamado ‘Fin del Nuevo Hollywood’ setentero, tras el estreno de la incomprendida y satanizada Heaven’s Gate de Michael Cimino en 1980, y que causó tanto un cisma como un cambio de paradigma permanente en el cine estadounidense.

En el período entre el año 2012 al 2015, diversas producciones norteamericanas han aparecido ante el público cargando de antemano con un pesado handicap contra el cual se les ha medido su relativo éxito o fracaso. Sus altos presupuestos no coinciden con una realidad condicionada por la inflación, la piratería, el streaming, las plataformas on-demand y la alternativa del DVD/Blu-ray. Todo esto ha llevado a las casas productoras a recurrir a una serie de estrategias—agresiva preventa y marketing, vetar reseñas por adelantado, impedir proyecciones para la crítica, análisis concienzudo de las predicciones y cálculo enfermizo de la recaudación de taquilla, saturada presencia en las redes sociales, la venta al mejor postor del spoiler, la exclusiva, el rumor y la controversia (mientras más incendiaria, mejor), la movilización del reparto a eventos publicitarios multitudinarios, la descarada “payola” y desnudar todo detalle de la trama con antelación—que como un todo constituyen un sobrevalorado barómetro y una pesadilla logística para conducir a una película a puerto seguro y alejarla del naufragio.

Un trend del cual no se escapan las películas de comics, ni tampoco las cintas basadas en el bestseller de moda, ni las franquicias emergentes salidas de la literatura para jóvenes adultos, ni mucho menos los blockbusters veraniegos, los experimentos modestos en el Sci-Fi, los “nostalgia products”, las obras de autor, los sleeper hits, las comedias y horror films, las animaciones digitales ni los tradicionales vehículos para las superestrellas consagradas de la farándula, quienes intentan extender su vigencia lo más que se pueda y a como dé lugar.

Para su mala fortuna, a Batman vs. Superman le sucede lo mismo. Irónicamente, esta película por su simple título debería de poder venderse por sí sola ante el público, siendo una o la única razón suficiente para arrastrarlo hacia la taquilla (no todos los días los superhéroes más conocidos a nivel universal se enfrentan a golpes en la pantalla grande). Sin embargo, Dawn of Justice se mete de lleno en esta viciada y turbia atmósfera que transpira sobre el cine comercial, y carga como penitencia con un peligroso sesgo en cada juicio, en cada párrafo, en cada crítica y en cada comentario tanto casual como profesional hacia ella.

La ética, el respeto e integridad periodística (o la falta de ella) de los reviewers y miembros de los media outlets se puso a prueba antes, durante y después de su estreno. Basta con echar un vistazo al navegador de Internet para darnos cuenta fácilmente de las opiniones que son en verdad honestas, objetivas, de buena fe, prejuiciosas, parciales, políticamente correctas, pagadas o con una agenda detrás.

Lo interesante al final del camino es ver si esto en verdad deja un precedente o bien este film se convierte en una víctima más de esta permanente “temporada de caza” sobre la película de estudio de moda, o bien causa una reacción en cadena que cambie de tajo las conductas nocivas de personas malintencionadas y de aquellos medios de comunicación que van en pos de la exclusiva, los hits y la polémica sin importar cómo.

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EL REVIEW

Batman vs. Superman: Dawn of Justice no funciona como secuela de Man of Steel (2013). Es evidente para todo el mundo que en su lugar tenemos a una película de Batman que toma para su beneficio elementos temáticos, consecuencias y cabos sueltos de aquella cinta, y que decide desde un inicio el no perseguir, ni el desarrollar o enfatizar en la narrativa impuesta sobre el personaje de Superman, quien sufre de severos traumas, tremendas dudas y una alarmante falta de juicio para madurar y convertirse de una vez por todas en el héroe y ejemplo de rectitud que todos esperamos de él.

Este divorcio o desdén por Man of Steel queda de manifiesto cuando Superman acaba con la vida de su antagonista en los minutos culminantes. Tanto la audiencia como los medios especializados del comic y la cultura pop, la blogósfera y el círculo de crítica cinematográfica fueron absorbidos irremediablemente por un maremágnum de opiniones mixtas, notables desacuerdos, diatribas y controversias respecto a la forma en la que este superhéroe fue presentado ante el público del siglo XXI, reinventado bajo una estética argumental y visual muy sombría y que polarizó a propios y extraños.

El hecho de que Superman quebrantara uno de sus principios fundamentales—y el bastión moral que lo coloca como el epítome al que debe aspirar la propia raza humana a la que tanto admira este héroe—nos pone en una posición incómoda para juzgar a este film, a sus méritos y visibles áreas de oportunidad. Pareciese que la película quedase suspendida alrededor de esa secuencia para siempre, impidiéndole a su público el llegar a una conclusión definitiva o bien ser una razón suficiente para destrozarla por completo.

Es obvio que los mandamases de la Warner tomaron cartas en el asunto para distanciarse de ella y hacer esfuerzos conscientes para reenfocar la visión a corto y largo plazo…

…al diablo con Superman, venga la Liga de la Justicia.

(Aunque cabe señalar que también en esta película tenemos a un Batman que mata a criminales y usa armas de fuego—la antítesis del código moral intrínseco y que define su origen como bienhechor en los comics. Si la congruencia imperara, el mismo desapruebo tendría que hacerse sentir, pero pareciese que para esta “versión” del personaje—inspirada sobremanera en el infame “Goddamn Batman” de Frank Miller—todo es permisible. Difiero.)

De esta manera tenemos a una historia reconstruida para dar el spotlight a Batman y a su alter ego, Bruce Wayne, interpretados de manera sobresaliente por un Ben Affleck quien sin lugar a dudas resulta salir bien librado de esta responsabilidad, aún y cuando la última vez que lo vimos interpretar a un rol de esta naturaleza el propio actor admitió lo siguiente:

“By playing a superhero in Daredevil, I have inoculated myself from ever playing another superhero. Wearing a costume was a source of humiliation for me and something I wouldn’t want to do again soon.”
— Ben Affleck, 2 de noviembre de 2006.

Wunderkind. Blanco predilecto de los tabloides. Aclamado y brillante director. En tres etapas se traza su carrera y a pesar de haber jurado no regresar jamás a un papel de superhéroe tras la mediocre Daredevil en 2003, no cabe duda que acierta al aceptar esta oportunidad—histriónica, económica, you name it—que es única y que no podía dejar escapar.

Este Batman reemplaza la aguda introspección (de la cual su predecesor Christian Bale salió muy beneficiado) por una actitud beligerante, menos calculadora, que comete errores y es más emocional, y con ello fraguar una estrategia perfecta que lo ayude a acabar con la amenaza inmediata de un Hombre de Acero quien carece de una guía adecuada para enfocar su poder y sus sentimientos en beneficio de la humanidad con la cual comparte este mundo, el cual está lleno de incertidumbre política, corrupción, desigualdad y sectarismo exacerbado.

Trayendo a un guionista de su confianza en la persona de Chris Terrio (ganador del Oscar por Argo), el argumento detrás de la cinta es consciente de realzar la figura de Wayne/Batman y mostrar por otro lado las diferencias entre este “universo expandido” de DC Comics en comparación con su competencia de Disney/Marvel, que en términos generales recicla a los clásicos del pasado pero con las diferencias suficientes para darles una frescura y atractivo muy subjetivo para una audiencia moderna.

Así, Batman vs. Superman apuesta por una historia original que pone guiños en el camino para mantener satisfechos a los fanboys, pero con plena carta blanca para seguir un rumbo distinto, muy agresivo y poco nostálgico, más en tono con la estética narrativa que dejó como herencia Christopher Nolan con su trilogía de Batman en 2005, 2008 y 2012.

Pero a diferencia de aquellas cintas, a Batman vs. Superman se le olvida mantener un corazón emocional, profundos matices y agudos trasfondos con el cual el público se identifique. Es aquí donde la responsabilidad recae en hombros de su realizador.

De la misma manera que en Watchmen (2008), soy de los convencidos de que Zack Snyder coloca a su trabajo en el velo de la polémica de manera deliberada—ya sea por conveniencia, ego o por darse crédito como “arquitecto único” de un universo fílmico aún carente de una fisonomía en concreto—aunque también nosotros como fandom nos empecinamos en colocarlo en el mismo pedestal que un Michael Bay cuando pudiese ser comparado quizás con los traspiés más sonados que cometen cineastas de la categoría de los hermanos Ridley y Tony Scott (†), quienes cuando fallaban lo hacían de manera miserable y estrepitosa, pero que siempre se mantuvieron con el crédito suficiente para que el mundo del cine les diese una nueva oportunidad en cualquier momento.

Se recurre a Zack Snyder para este tipo de cintas por varias razones. Posee el entusiasmo de la juventud y eso lo lleva a buscar un sello personal, basado en lo visual y en el espectáculo, lo cual lo lleva irremediablemente al riesgo—no hay cineasta a quien mejor delegar esta tarea de crear un Universo DC con un ‘oomph’ y un ‘edge’ que lo separe lo suficiente del “estilo Marvel”—es también disciplinado para acatar imposiciones de Estudio (nunca le faltará trabajo); compone escenas de acción basándose en sus gustos particulares por los clásicos del entretenimiento alternativo (aunque rayando peligrosamente en el pastiche) y sigue a rajatabla a los guías espirituales correctos (Tarantino, Kubrick, Fincher) aún y cuando intenta codificar su estilo e influencias a prueba y error.

Su gran desventaja sigue siendo la dirección de su reparto para hacer de sus performances y diálogos algo trascendente—en este sentido el tener a Chris Nolan como productor le vendrá bien, pero tendrá que asumir muchas lecciones aprendidas. Es por todo esto que su trabajo de mayor pedigree siempre está teñido de severo escrutinio. El ilustrador Cameron Stewart lo describe atinadamente y de forma abrumadora:

“This is par for the course with Snyder, who is so enamoured with surface image and seems to completely fail to contemplate meaning.”

Resulta nebuloso darle un peso a la contribución de alguien como David Goyer. En compañía de alguien más (como Guillermo del Toro en Blade II, Jonathan Nolan en las películas de Batman, y su grupo de guionistas en Da Vinci’s Demons, incluyendo a autores de comics destacados como Matt Fraction y Jonathan Hickman), es difícil ponderar si es un genio o bien un hombre de ideas que requieren una guía precisa y control de calidad. Al igual que Geoff Johns en DC Entertainment y Brian Michael Bendis en Marvel Studios, vemos una tendencia reciente de que estos “consultores” están más preocupados en trasladar a la pantalla grande la minucia impenetrable propia de los comics de superhéroes, en lugar de pensar que son proyectos multimillonarios que buscan atraer a un público masivo. Eventualmente, considero que las casas productoras verán en ello un lastre, y dejarán a manos de los directores el interpretar la inspiración interminable que proveen los comics originales.

En mi opinión los elementos técnicos de esta película están sumamente logrados; cada coreografía de acción, encuadres, la fotografía monumental de Larry Fong y efectos digitales no tienen desperdicio alguno, incluyendo una banda sonora que es tanto lúgubre y estridente por el dúo de Hans Zimmer y Tom Holkenborg (el célebre DJ ‘Junkie XL’). Las quejas generalizadas por la edición es humo para criticar la falta de una narrativa más envolvente. Las transiciones entre una escena y otra son muy atractivas y le dan dinamismo—no en balde el editor fan-favorite de Image Comics David Brothers la comparó positiva (o irónicamente, dirán otros) con el controversial ‘channel-zapping storytelling’ de un Final Crisis, y coincido completamente.

Son mucho más preocupantes los excesos en los que cae el director para volver míticos a sus personajes principales. Detalles como el pequeño Bruce Wayne sosteniéndose en el aire y el poco sutil aire mesiánico con que se pinta a Superman (pero sin darle un necesario énfasis) son momentos visualmente atractivos pero que nos apartan de la historia, y por esta razón se siente extraña, desconcertante, inconexa.

Y no se diga de los instantes en donde Batman es transportado a mundos surreales y oníricos sin una razón aparente más que para alimentar su neurosis y sus temores de un mundo que ha dejado de pertenecerle a la raza humana. Aunque muy bien logrados, los aparentes flashforwards o premoniciones que nos telegrafían potenciales historias a futuro (la Crisis, la llegada de Darkseid) son tangentes cuya justificante se pierde en el camino, y que cuya explicación esperemos se de en las próximas entregas de esta nueva franquicia y no a través de ruedas de prensa, comentarios en DVD o material inédito.

Uno de los puntos críticos es la presentación que se le da a Superman. El giro temático impuesto para atormentar a su alma sin lugar a dudas traiciona las raíces siempre optimistas de los comics. Esa aura de pesadumbre, inseguridad, sentido perpetuo de culpa y reclamo airado que hereda de sus padres—interpretados por Kevin Costner y Diane Lane—es un evidente punto de no retorno y que desafortunadamente no encajó en el gusto del público generalizado, condenando lamentablemente a Superman a un rol secundario en esta naciente franquicia de superhéroes.

Sin embargo y bajo estos parámetros, tanto Henry Cavill y su co-protagonista Amy Adams logran acertar en las caracterizaciones de sus papeles, por lo que poco se les puede reclamar. Es este eterno nubarrón que se posa sobre ellos lo que tiene dividida a la opinión del público. Esto nos lleva a una sentencia lapidaria sobre el superhéroe más importante de todos, cuya obsolescencia está más que asegurada a menos que se monte una operación de rescate y una descarga de electroshock que lo lleve a reclamar su lugar en la cúspide del panteón de nuestros íconos a cuatro colores. Una vez dicho esto, recuerdo muy bien una frase muy certera del autor Grant Morrison en el año 2004, quien criticaba a la entonces creciente influencia que las películas de superhéroes imponían sobre los comics, y que tras 11 años sigue siendo urgente y útil para describir este malestar generalizado:

“And with the best will in the world, who really wants to watch Superman suffering agonies of doubt, for instance, when he could be wrestling Phantom Zone giants back into the 10th dimension? If Superman felt any doubt at all, he’d know it was Luthor’s Doubt-O-Ray to blame and smash it up fine style.”

Se extraña a ese Superman humanista, audaz, de amplios recursos e inherente liderazgo para encontrar la solución a las hecatombes universales. La pregunta que Warner debería hacerse no es “Must There Be a Superman?” sino “Do we WANT a Superman?”

Sigh.

Este mismo atrevimiento que se tiene para transformar a sus protagónicos se ausenta por completo al hablar del rival en turno para estos héroes. ¿Cuántas veces hemos visto al disparatado y maníaco Luthor que se degrada al nivel de un bufón? Tres, contando esta nueva iteración cortesía de un Jesse Eisenberg completamente desconocido y desperdiciado, y a quien le atribuyen de manera injusta el supuesto fracaso de esta cinta. La culpa es para repartirla. Teniendo ejemplos magníficos de un Luthor sobrio en su característica actitud maquiavélica y de freno preciso para no rayar en la caricatura—te hablo a ti Michael Rosenbaum, te hablo a tí también, All-Star Superman.

En su lugar tenemos OTRA VEZ a un científico loco cuyas motivaciones se oscurecen en demasía por el guión— ¿Demencia? ¿Anarquismo? ¿Misoteísmo? ¿Daddy issues? ¿Magnate criminal oportunista? ¿Acaso importa?—y a medida que avanza la trama no hay una preocupación por esclarecerlas del todo, reduciendo a este personaje a una serie de clichés y gimoteos esquizofrénicos que dan al traste con uno de los supervillanos premier del Universo DC.

PD: Eso de que es un Luthor “Junior” yo no me lo trago. A la calle, todos.

No cabe duda que fue un gran error revelar tan pronto las sorpresas más importantes del tercer acto de la historia, léase la aparición de Wonder Woman en acción y la del monstruoso Doomsday. ¿Valió la pena haber sacado esto en el último trailer? ¿Atrajo a más gente? ¿Provocó esto la pronta reacción de Marvel para acaparar la atención con la presencia de Spider-Man en el trailer de Captain America: Civil War? Quizás nunca lo sabremos pero sí es frustrante que la gente no pueda sorprenderse por sí sola ACUDIENDO a la sala de cine y poder apreciar estos detalles sin saberlos de antemano.

La ‘era del hype’ está cobrando factura, dividiendo a los medios en bandos antagónicos y creando agendas al servicio de intereses particulares, y todo esto claramente va minando el entusiasmo de muchos sectores del público, arruinando su experiencia de ir al cine.

A pesar de ello, toda esta secuencia (aún a sabiendas de que se iba a suscitar) no nos prepara para un auténtico espectáculo multicolor. Incorporando astutamente elementos cumbre de comics como The Dark Knight Returns y The Death of Superman, Snyder conjura uno de los mejores momentos de su filmografía, y que no decepciona a los fans ni al espectador ocasional.

A pesar de tener un amplio elenco, el screentime otorgado al reparto secundario es el adecuado para hacer avanzar el plot y hacer hincapié en la temática clave de un mundo que no sabe qué hacer ante la llegada de un ser omnipotente, ofreciendo un espectro de emociones sólido que va desde la incertidumbre (Holly Hunter), el encono (Scoot McNairy), la ironía (Jeremy Irons, Lawrence Fishburne) y la desconfianza (Harry Lennix), que matizan y refuerzan esta tónica oscura que ha llegado para quedarse en las realizaciones de superhéroes de la Warner. También es positivo el modo en que se integra a la narrativa a los demás superhéroes que formarán en el futuro cercano a la Liga de la Justicia, siendo un provocativo primer lleno de detalles tanto curiosos, trepidantes, desconcertantes y técnicamente bien logrados.

Resalta en gran medida Gal Gadot como Wonder Woman, con un argumento que enfatiza un aura repleta de misticismo alrededor de este personaje, dejando de lado todo el sensible y volátil bagaje sadomasoquista-feminista que revolotea a su alrededor, entregando a su vez breves esbozos de coolness, sutil sex appeal, un robusto backstory del cual solo vemos detalles superficiales y una actitud belicosa para satisfacer a sus fans. Una verdadera revelación que se eleva a la estratósfera en dosis adecuadas pero que no eclipsa por ningún motivo el conflicto entre los protagonistas.

Sumando todos estos elementos, tenemos como resultado final un producto con evidente disparidad, que nos remite irremediablemente a encontrar respuestas en el director, quien en su constante persecución de una elusiva genialidad siempre encuentra piedras en el camino.

Batman vs. Superman es una piedra en el camino. Y también es el testamento de una fórmula de Estudio que ha llegado para quedarse. Es además un cúmulo de detalles fascinantes y actuaciones que salen al quite pero que como un todo tienen dificultades para redondear y lograr un mejor balance para este blockbuster.

Así, Zack Snyder continúa en la búsqueda de esa cohesión que le permita fortalecer a su inventiva pirotecnia con fuertes character pieces. Una verdadera pena. La deuda entre Warner y DC Comics con sus fans aumenta…