The Draughtsman’s Contract

El realizador avant-garde Peter Greenaway logra una brillante combinación entre las artes pictóricas y cinematográficas para crear una narrativa de comedia y misterio con amplias capas de contenido en The Draughtsman’s Contract.

The Draughtsman’s Contract | Reino Unido, 1982
Escrita y dirigida por Peter Greenaway
Reparto: Anthony Higgins, Janet Suzman, Anne-Louise Lambert, Hugh Fraser, Neil Cunningham y Michael Feast
Cinematografía por Curtis Clark
Musicalización por Michael Nyman
Edición por John Wilson
Producida por David Payne, British Film Institute y Channel 4
Distribuida por British Film Institute y United Artists

“There are only two subjects that matters, one is sex and the other is death, what else we could talk about it. And most the cinema talks all the time about sex and death. And my cinema deals with sex and death so… ¿what’s the problem?”

Estos dos conceptos son llevados a un extremo interesante en The Draughtsman’s Contract, primer largometraje en forma del realizador contracorriente Peter Greenaway.

El director de una forma muy atractiva esconde bajo el velo del whodunnit, el comedy of manners y el inuendo lo que ha sido su agenda como artista y que ha impregnado durante sus 5 décadas de carrera: la necesidad y urgencia por capturar a través de la composición fílmica el punto medio entre la manifestación pictórica y el séptimo arte.

Ambientada en el siglo XVII, Contract narra la inusual aventura del Sr. Neville (interpretado por Anthony Higgins), un talentoso dibujante a quien le es comisionado el retratar en todo detalle la propiedad de los acaudalados Herbert, disfrutando a su vez como un beneficio contractual del placer físico en la persona de la señora de la casa (Janet Suzman). Sin embargo, su buen ojo da cuenta de ciertos detalles que lo enredan en una intriga conspiratoria con la hija (Anne-Louise Lambert) y el yerno (Hugh Fraser).

Greenaway presenta a la cinta con un preciso humor negro ensalzado con el inherente desprecio surgido por las diferencias religiosas, culturales y geográficas propias de la época entre Inglaterra, Escocia e Irlanda — y que le dan un trasfondo efectivo para las continuas actitudes conflictivas entre los miembros del reparto —  empleando a su vez un guión de elegante y estructurado lenguaje bajo un pomposo diseño de producción, que en todo momento es expuesto en todo su esplendor por la atinada fotografía de Curtis Clark.

En Draughtsman’s se atisban recursos que serán insignia por parte de Greenaway tales como encuadres estáticos repletos de detalles así como diminutos tracking shots que nos fuerzan a un punto de vista contemplativo, incluyendo close-ups a las ilustraciones del Sr. Neville en múltiples fases para denotar su progreso artístico, alrededor de diversas transiciones para simular el paso del tiempo, haciendo hincapié en todo momento y por sobre todas las cosas en la analogía antes mencionada entre el cine y la pintura como el fundamento número uno en la intención artística de este cineasta galés.

Cabe señalar que esta actitud pasiva evita el hartazgo en el espectador gracias a la participación de Michael Nyman, cuya música — la cual emula el estilo barroco — le otorga un gran dinamismo, encanto y jocosidad a cada instante inmóvil que el director nos presenta sobre el celuloide, convirtiendo el transcurso del film en una experiencia inusual, divertida y trepidante a medida que la cinta recoge detalles significativos y familiares al cine de género para situarse en instantes de brillantez, como el descrito a continuación:

“…a really intelligent man makes an indifferent painter, for painting requires a certain blindness, a partial refusal to be aware of all the options. An intelligent man will know more about what he is drawing than he will see. And in the space between knowing and seeing, he will become constrained, unable to pursue an idea strongly, fearing that the discerning — those whom he is eager to please — will find him wanting if he does not put in not only what he knows, but what they know as well.”

Este voyeurismo y matices Hitchcockianos dan un vuelco vertiginoso durante el cual la cinta se torna sumamente compleja, gracias al misticismo que el propio Greenaway le otorga al editar intencionalmente elementos clave del plot, despertando en nuestra imaginación los posibles motivos que llevan a entablar este sospechoso contrato entre los Higgins y el Sr. Neville, incluyendo la aparición de una estatua viviente (Michael Feast), que se transforma tanto en un comentario social como en un cypher, llenando además el arquetipo del juglar o bufón que transmite significados sobre la narrativa o los esconde bajo un velo subjetivo, así como la aparición de referencias mitológicas que ofrecen un punto de vista relativo a los temas tratados durante la película.

The Draughtsman’s Contract es una cinta de difícil digestión que logra destilar contenidos explícitos como inalcanzables a primera vista, pero que sin lugar a dudas establece de forma contundente la voz autoral de Peter Greenaway, encontrando en los inicios de su carrera en el cine una zona de confort para generar narrativas audiovisuales inigualables.