Danger: Diabolik

Gracias al talento, ingenio y creatividad del realizador Mario Bava, Danger: Diabolik se convierte de una simple película de humor ‘tongue-in-cheek’ a una pieza sublime de escrutinio técnico y estilístico.

Danger: Diabolik | Italia, 1968
Dirigida por Mario Bava
Libreto cinematográfico por Dino Maiuri, Brian Degas, Tudor Gates y Mario Bava; historia por Angela Giussani, Luciana Giussani, Dino Maiuri y Adriano Baracco
Reparto: John Phillip Law, Marisa Mell, Michel Piccoli, Adolfo Celi y Terry-Thomas
Cinematografía por Antonio Rinaldi y Mario Bava
Musicalización por Ennio Morricone
Edición por Romana Fortini
Producida por Dino de Laurentiis Cinematografica y Marianne Productions
Distribuida por Paramount Pictures

Danger: Diabolik es la vigesimosegunda (!) película en la carrera de Mario Bava (1914 – 1980), quizás el cineasta más versátil, ingenioso, temerario, inteligente y consciente de los recursos a su disposición. Este realizador italiano se hizo de un nombre en la historia del cine de género mundial por su atrevimiento y curiosidad innata para encontrar soluciones creativas a problemas complejos, buscando siempre alternativas diversas en la composición de secuencias fílmicas.

El llamado padre del giallo italiano, inventor de todas sus reglas, estética visual, cruda, visceral y excesiva (pero necesaria) presentación, también dedica parte de su carrera en otras vertientes de la narrativa cinematográfica como la epopeya mitológica de ‘sword and sandal’ (Ercole al centro della terra), espionaje (la satírica Dr. Goldfoot and the Girl Bombs), spaghetti western (Roy Colt & Winchester Jack), drama y horror gótico (el espeluznante y trágico romance de La Venere D’Ille) y ciencia ficción (la atmosférica e inspiradora Terrore nello spazio/Planet of the Vampires).

Pero es su amplísima trayectoria como director de fotografía lo que eleva a Danger: Diabolik de un simple film de humor ‘tongue-in-cheek’ a una pieza sublime de escrutinio técnico y estilístico. Incluso, podemos decir que Bava rescata la adaptación cinematográfica del comic en un punto en el tiempo donde solamente Barbarella (Roger Vadim, 1968), A Boy Named Charlie Brown (Bill Melendez, 1969) y la propia Diabolik pretenden ser las exitosas sucesoras del desastroso camp heredado por la película Batman de 1966 – y ofrenda final de Adam West y el legendario reparto actoral que lo acompañó – pero que sólo se quedan como un antecedente con ciertos resultados que son alentadores pero que infructuosamente no lograron sacar de un estado de letargo al comic on film.

Sin embargo, la trascendencia de Diabolik es notable, más allá de la longevidad de la obra sobre la cual surge, creada por las hermanas Angela y Luciana Giussani (a quienes se les acredita como co-guionistas del propio largometraje). Bava respeta la esencia del personaje como el Rey del Terror, un ente cuyo objetivo es causar el desorden social absoluto para satisfacer su ambición y ego, en un curso de colisión con la Ley y el Hampa quienes son manipulados por Diabolik en un juego laberíntico del gato y el ratón con consecuencias fatales y sorpresas al por mayor.

Bava es inteligentísimo para inundar a la cinta de atractivos escenarios en espectaculares set pieces, pinturas matte y divertidos rear projections, descartando toda pretensión y “seriedad” en el plot y reforzando a su vez la naturaleza escapista de los comics, consciente de las expectativas de su público que desea ver las aventuras llenas de alto octanaje, innuendo e ingenio bizantino de este anti-héroe, de la misma forma que en las páginas a cuatro colores.

En este sentido, John Phillip Law (1937 – 2008) persigue y respeta esta misma filosofía y crea con su performance a un ser disparatado, una saeta en spandex multicolor libre de todo decoro y freno moral, con un porte seductor que provoca tanto gracia como gran emoción con sus desplantes acrobáticos, megalomanía y contrastante estoicismo surgido de una mirada penetrante y una efigie cuyo rasgo infantil esconde un alma de naturaleza volátil, propia de un agente del caos.

Acompañada de su paramour, la exuberante gogo-girl Eva (Marisa Mell), Law crea a un personaje que sobrepasa a los arquetipos que lo contienen, como lo son Fantômas, James Bond y Nick Fury, en escenarios Op Art, Warhol-style bajo la influencia del flower power, free love y psicotrópicos.

Incluso, su duelo a muerte contra el inspector Ginko (interpretado por Michel Piccoli) nos recuerda sin duda al entablado por Lupin III y Zenigata en el inmortal manga creado por Monkey Punch (aunque curiosamente Diabolik es publicado años antes que este comic japonés). Tampoco lastima el hecho de que Adolfo Celi – quien interpretara al villano Emilio Largo en la película de James Bond Thunderball – tenga un diminuto papel, cerrando el círculo de referencias sesenteras que hacen más entretenida y memorable a esta cinta.

El film se consolida además como todo un workshop de la inventiva e innovación cinematográfica, donde cada escena nos habla de una  producción que se vanagloria de su amplia gama de recursos técnicos — tanto precarios y risibles pero sumamente efectivos a la vez — capaces de conjurar un aura mágica, una serie de elementos audiovisuales bajo un estupendo montaje que los coloca en el orden y sincronía perfectos, un timing adecuado para despertar emociones específicas y mantener la atención del público.

Diabolik es aderezado de igual forma por uno de los scores musicales más eficientes y de mayor impacto que Ennio Morricone ha compuesto a lo largo de sus 5 décadas en el mundo del cine, amplificando la sensualidad y diversión que nos otorgan las icónicas escenas incluidas en esta realización, que se consolida como una cápsula del tiempo que captura un aspecto del espíritu libre de taboos que caracterizó a los 60s.

Siendo una fantasía psicodélica de poder masculino en Technicolor, Danger: Diabolik cautiva y mesmeriza, llena de momentos que la catalogan como un triunfo de estilo que impone una peculiar sustancia que convence sobremanera a su audiencia. Una obra que trasciende dentro de la adaptación cinematográfica del comic, consolidándose como una cápsula del tiempo que captura un aspecto del espíritu libre de taboos que caracterizó a la década de los 60s.