Naked Lunch

Un ejemplo de cómo nuestra vida transpira y transmuta a través de las artes de formas explícitas e imperceptibles.

Naked Lunch | Canadá, 1991
Escrita y dirigida por David Cronenberg
Basada en la novela homónima por William S. Burroughs
Reparto: Peter Weller, Judy Davis e Ian Holm
Cinematografía por Peter Suschitzky
Musicalización por Howard Shore
Edición por Ronald Sanders
Producida por Jeremy Thomas, Gabriella Martinelli, Recorded Picture Company y Telefilm Canada
Distribuida por 20th Century Fox

El afamado director canadiense de culto David Cronenberg toma el reto de adaptar a la pantalla grande la célebre novela en formato libre, fragmentada y controversial de Naked Lunch, obra del visionario y prolífico artista norteamericano William Burroughs (1914-1997), quien la describió como una composición de “notas detalladas sobre Enfermedad y Delirio”, y cuya complejidad narrativa fuese sintetizada por este radical autor postmodernista de la siguiente manera:

“Naked Lunch is a blueprint, a How-To Book… Black insects lusts open into vast, other planet landscapes… Abstract concepts, bare as algebra, narrow down to a black turd or a pair of aging cajones… How-To extend levels of experience by opening the door at the end of the long hall… Doors that only open in Silence… Naked Lunch demands Silence from The Reader. Otherwise he is taking his own pulse…”

Cronenberg agrega en el guión su propio estilo y obsesiones personales, tales como la metamorfosis que sufre el cuerpo humano al dejar escapar sus miedos, manifestando físicamente sus pensamientos más íntimos, así como su característica fascinación sobre la feminidad y su influencia sobre las emociones del género masculino.

La historia presenta diversas capas de contenido, donde el personaje de nombre William Lee (Peter Weller) se adentra en un mundo que se mueve veleidoso en umbrales de realidad y ficción, que tergiversa las verdades del protagonista acerca de su inclinación sexual, su adicción a las drogas, su creciente paranoia y su complicada relación con su esposa Joan (interpretada por Judy Davis), repleta de tintes de libertinaje.

El performance de Weller sólo se puede catalogar de virtuoso – y sin duda su rol definitivo en el cine –  donde maneja a la perfección un cúmulo de emociones a flor de piel, escondiéndolas en todo momento bajo un semblante frío, cuasi-mecánico, indiferente, estoico, pero que entra en un estado de fuga para revelar momentos de pasión que se pierden en un mar de creciente desesperación. Davis plasma inocencia que se deja llevar por arrebatos de sensualidad, además de descontento, sumisión y dependencia, propias de los protagónicos femeninos en los films de Cronenberg.

El director y su fotógrafo, Peter Suschitzky, establecen un mood perfecto con atmósferas 100% noir pero escondidas bajo una cinematografía que sustituye las sombras con colores primarios sumamente brillantes e hipnóticos, que desplazan a la historia a lo largo y ancho del tiempo de forma imperceptible. El score musical – cortesía del compositor Howard Shore, mezclado con excelentes y espontáneos riffs en Jazz de Ornette Coleman – nos evoca estados de ánimo en conflicto y que le impregnan a la puesta en escena una enigmática presencia, donde el multifacético Interzone parece ser una versión torcida, erótica y desconcertante de la legendaria Casablanca, un lugar donde se cumple a carta cabal el lema principal de la cinta, “Exterminate all rational thought”, puesto que la razón no tiene cabida para encontrar explicación o hilo conductor entre un sinfín de fenómenos autobiográficos en sucesión.

El tradicional ‘Body Horror’ de Cronenberg es presentado de una forma sumamente divertida, en la forma de súper espías alienígenas de actitud cínica, enseres domésticos de rasgos insectoides y criaturas amorfas de naturaleza erógena, quienes en conjunto guían al protagonista a cumplir su críptica “misión” a lo largo del film, además de poner a prueba su nivel de resistencia a una virtual presión que lo saca de balance.

La cinta traza estas fronteras entre lo onírico y lo auténtico en momentos precisos, los cuales muestran instantes ingeniosos de meta ficción en donde la novela de Naked Lunch está siendo redactada como una manifestación o purga de todas los traumas reprimidos de William Lee, en la forma de una aventura que combina travelogue con espionaje y carga sexual, creando a su vez un efecto de elipsis que nos ayuda a comprender si el protagonista está escapando en realidad de un amargo recuerdo.

Cuando de forma palpable y contundente Peter Weller lleva a su personaje a estar consciente de esto, se nos remite claramente a lo que William Burroughs clama como el verdadero significado de su obra:

“The title means exactly what the words say: NAKED lunch – a frozen moment when everyone sees what it is on the end of every fork.”

Y efectivamente: pasmado, Weller congela ese momento en el tiempo, ese atisbo a la verdad que era siempre elusiva, demostrándonos lo atinado de estas palabras.

Naked Lunch es un relato cinematográfico muy poderoso, un ejemplo importante de la influencia de nuestras vivencias sobre el esfuerzo creativo/literario y cómo nos inspiran a plasmar en la página impresa nuestra visión del mundo, los traumas y temores primarios que amenazan con salir a flote, pero que a través de palabras se logra exorcizarlos o confesarlos de forma subjetiva.