Antiviral

El debut cinematográfico de Brandon Cronenberg ofrece un atisbo torcido hacia la cultura obsesionada con la farándula, bajo matices perversos pero cercanos a la realidad y que se atreven a predecir sus posibles extremos y su perturbador futuro.

AVposterAntiviral | Canadá, 2012
Escrita y dirigida por Brandon Cronenberg
Reparto: Caleb Landry Jones, Sarah Gadon y Malcolm McDowell
Cinematografía por Karim Hussain
Musicalización por E.C. Woodley
Edición por Matthew Hannam
Producida por Niv Fichman
Distribuida por Alliance Films

Antiviral presenta a una sociedad obsesionada con las celebridades, cuyas enfermedades y órganos se convierten en el producto de moda, y es ahí donde un introvertido agente de ventas (Caleb Landry Jones) se ve inmiscuido en un complot que nos lleva a explorar en diversos extremos y sutilezas este mundo materialista.

Brandon Cronenberg elige en su opera prima rondar en los mismos terrenos que surcó su padre David, cuyo oeuvre lo han consolidado como toda una figura en la vanguardia del cine de género en los últimos 40 años. Lo que distingue a Antiviral si lo comparamos con el primer ciclo de realizaciones de su progenitor es que se atreve a ponderar cuál sería el siguiente paso para el body horror. Brandon asume, con justa razón, que el futuro de este género se encuentra más por los rumbos de la sociedad de consumo que de la histeria pandémica, por la comodización del erotismo que por los extremos del libertinaje sexual, por la obsesión sobre la frivolidad que por la fascinación a sumergirse en pathos severos en busca de respuestas concretas.

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Sin embargo, Antiviral se suscribe en cierta manera a dichos temas insignia, evitando claro está en convertirse por completo en una reiteración. El joven Cronenberg apuesta por establecer un storytelling más alineado al J-Horror/K-Horror de excelencia, tratando de elaborar inmaculados escenarios bajo una pulcra cinematografía pero que no dejan de ofrecer atisbos hacia lo macabro y lo grotesco, en donde logra llevar a una mesura interesante la exposición hacia lo lúgubre.

Como punto de quiebre ante estas influencias está el hecho de que el catalizador de estos ambientes bizarros no son provocados por torbellinos internos en búsqueda de expresarse físicamente, sino por la fijación de nuestro entorno por alcanzar la belleza (eterna) y poder lograr un contacto cercano con el estrellato y la alta sociedad. Una y otra vez somos expuestos hacia el aparente virtuosismo de la celebridad, un pernicioso hipnotismo que influye en nosotros y nos empuja a conseguir un memento de aquellos que lo tienen todo.

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Antiviral presenta atinados matices satíricos, en donde el mundo es absorbido por el culto a la personalidad y la necesidad por formar parte de su entorno. En este sentido el novel director lleva a su cinta a un punto de encuentro con Videodrome (1983), y al igual que aquella magnífica realización se vuelve presciente y ofrece un brutal e irónico comentario sobre la sociedad contemporánea arrojada hacia el consumo de productos, imágenes y bienes en pos de obtener una gratificación intangible que nos haga sentir que nuestras vidas cobran una realización y significado mayor, algo que previamente parecía lejos de nuestras manos.

Todos estos vértices temáticos hacen de esta realización una verdadera curiosidad en su primera mitad, un esfuerzo consciente de world building que se aprecia completamente. En su segundo acto, Antiviral apuesta y gana gracias al esfuerzo histriónico de Caleb Landry Jones, cuya corta filmografía como actor de reparto no nos informa de esta gran calidad que como protagónico demuestra en esta cinta de horror/thriller psicológico, donde exhibe un gran derroche de confianza, efectivo y desgarrador lenguaje corporal y emotividad para engancharnos con esta inusual narrativa.

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De igual forma, el director acierta al estilizar la efigie de su co-protagonista, Sarah Gadon, que emite una sensual inocencia y evocativo deseo con el fin de posicionarla ante su audiencia como algo inalcanzable pero vital y necesario a la vez.

Cronenberg es inteligente al rodear a sus estrellas de un aura de misticismo y coolness que poco a poco desenmascara para llevarlos a un estado de descomposición a medida que hace avanzar a su plot, el cual toma tintes de intriga conspiratoria que nos hacen recordar a otra gran obra de género como lo es Pi (Darren Aronofsky, 1998), cuyo high-concept storytelling comparte elementos similares y atmósferas desorbitantes.

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El toque maestro se da en la conclusión de la cinta, donde su director se olvida de momentos desoladores, lejos de castigos o relatos cautelarios para hacer hincapié en el análisis de una sociedad actual absorta en la vanidad, el corporativismo y el egoísmo, recordándonos que estamos ineludiblemente atados a ella y mostrándonos los sacrificios a los que somos capaces de llegar para obtener el mayor beneficio de ella. Todos estos elementos hacen de su cinta todo un acontecimiento, un producto relevante, subversivo y de exactitud escalofriante con la realidad.