Man on Fire

Tony Scott consolida el refinamiento a un estilo de explosión audiovisual gracias a una narrativa de efectiva brutalidad, telegrafiada crítica social y un implacable ‘viaje del héroe’.

Man on Fire | Estados Unidos, 2004
Dirigida por Tony Scott
Libreto cinematográfico por Brian Helgeland
Basada en la novela homónima por Philip Nicholson, bajo el seudónimo de A. J. Quinnell
Reparto: Denzel Washington, Dakota Fanning, Christopher Walken, Giancarlo Giannini, Radha Mitchell, Marc Anthony, Rachel Ticotin y Mickey Rourke
Cinematografía por Paul Cameron
Musicalización por Harry Gregson-Williams y Lisa Gerrard
Edición por Christian Wagner
Producida por Lucas Foster, Arnon Milchan, Tony Scott, Regency Enterprises, New Regency y Scott Free Productions
Distribuida por 20th Century Fox

Cuando John Creasy (Denzel Washington), un ex-militar sumido en la depresión y el alcoholismo, es puesto como guardaespaldas de la pequeña mexico-americana Lupita ‘Pita’ Ramos (Dakota Fanning), encuentra esperanzas renovadas para expiar sus pecados del pasado.

Sin embargo, tras su inesperado secuestro, Creasy jura vengarse de los responsables, desatando una ola de violencia, muerte y destrucción sobre el aparato institucional corrupto que somete y atemoriza a la Ciudad de México.

En pocas palabras, Man on Fire es la mejor película mexicana por un director que no es mexicano.

En este caso, nos vienen a la mente dos ejemplos directos, como lo son el de Luis Buñuel en Los Olvidados (1950) y Sergei Eisenstein en ¡Qué Viva México! (1931), dos cintas muy importantes acerca de la vida en el país en sus estratos sociales básicos.

En los tres casos, rebanadas de realidad son la base conceptual que mueven sus engranes narrativos, pero Man on Fire deja una huella difícil de borrar.

Esta cinta tiene una anécdota curiosa: la novela de Man on Fire es adaptada por primera vez al cine en 1987, bajo el título italiano de “Un uomo sotto tiro” (Hombre en Llamas en español). Esta primera adaptación originalmente iba a ser dirigida por el propio Tony Scott, pero diversos conflictos lo impidieron.

Tiempo después, Scott vuelve a considerar este material y en 2003 comienza a crear su propia versión. Junto al guionista Brian Helgeland, adaptan la premisa básica del libro original y logran darle una mayor profundidad a la cinta al reemplazar el setting original (Italia) por México, trayendo a la palestra detalles a nivel global de la vida mexicana en los ojos de un extranjero, a nivel económico, político, religioso, mediático, institucional y social.

Y lo importante es que estos elementos no forman parte de un manifiesto, sino la plataforma sobre la cual se cuenta una historia sencilla, que es la búsqueda del perdón y reencuentro con la raza humana para alguien que la abandonó tiempo atrás, sumergiéndose en el colorido mexicano para lograr esta empresa.

Si hablamos de manifiestos sobre la dura realidad mexicana, tenemos mejores exponentes, como la trilogía de la insurrección sobre las instituciones como Canoa (1975), Las Poquianchis (1975) y El Apando (1976), de Felipe Cazals; el comentario político y ansia juvenil de Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1989); y los escenarios irónicos y satíricos de La Ley de Herodes (Luis Estrada, 1999) y Todo el Poder (Fernando Sariñana, 1999).

En el caso de Man on Fire, los datos y hechos mostrados en ella sobre México tanto alegran, azotan y concientizan a su audiencia, sin ser parte del plato principal. Un aderezo que da un color importante para marcar el rumbo de nuestro protagonista.

Este film es quizás la mejor película en la carrera de Tony Scott (compitiendo fuertemente con True Romance por ese privilegiado sitio), siendo una mezcla exquisita y medida del espíritu libre y experimental al inicio de su carrera y el refinamiento de una fórmula de acción que ha visto tanto éxitos como fracasos.

La cinta evoca la naturaleza impredecible de The Hunger (1983), donde la intencionalmente dispar edición y efectos visuales nos dan un espectáculo cromático, etéreo y lleno de captions que refuerzan el tono enérgico de un guión excelso.

Su dominio del género de acción le permiten darle una carga emocional y contundencia a escenas de violencia que pudieran parecer disparatadas y over-the-top, propias del cine explotativo del ‘one-man-army’ de los 80s-90s.

Scott presenta a uno de sus personajes fílmicos definitivos. Si en The Hunger sus dos vampiros contra-culturales plasman dramatismo y apego nostálgico por tiempos mejores, John Creasy es su intento por deconstruir el arquetipo del héroe solitario que el cine nos ha regalado innumerables ocasiones.

Al entrar en su nueva faceta como guardaespaldas, Creasy encuentra en su habitación destellos de luz bajo la penumbra y un ave enjaulada. John Creasy/Denzel Washinton se convierte en el avatar del coolness de Jef Costello/Alain Delon en Le Samouraï (Melville, 1967).

Sin embargo, Creasy libera al ave de su cautiverio, y abraza la posibilidad del afecto de una familia, saliéndose efectivamente del molde original. Así, vamos encontrando que Creasy es más afín a la personalidad de un Léon (Luc Besson, 1994), cuyo mundo gris es bendecido por el aprecio de una mujer, en este caso Pita.

Fanning nos hace recordar a una versión más amena de la inolvidable Mathilda, que hiciera inmortal Nathalie Portman en aquel film de Besson. Creasy, tal y como se infiere en el film, es un juguete roto en busca de un amo que sepa remendarlo.

Su coraza externa cae, dejando ver a un verdadero ser humano con un propósito de vida renovado, y que puede ser tan vengativo y brutal contra quienes intenten aplastar estas ilusiones. En esto, Denzel Washington nos recuerda a un Peter Weller en RoboCop (Paul Verhoeven, 1987) o a los héroes ambiguos/sanguinarios de los relatos del artista gráfico Frank Miller.

Esta película funciona no solamente por manejar el molde del hombre que se mueve entre las sombras, azotado por la culpa, en busca del encuentro con su destino (en esto, Creasy evoca similitudes con Costello, sin duda alguna), sino además de que la ambigüedad moral y la búsqueda de la redención son temas fascinantes para mí.

Man on Fire es un documento fílmico muy importante, que define la madurez de Tony Scott como realizador. Una cinta con una opinión sobre el estado de la sociedad mexicana que nos impulsa a ver la luz aún caminando sobre penumbras, y una aventura de acción y dramatismo con calidad narrativa y visual fuera de serie.