Alphaville

Jean-Luc Godard toma la prosa literaria como plantilla narrativa y utilizando el lenguaje del cine transfigura el presente para construir el futuro.

Alphaville | Francia, 1965
Escrita y dirigida por Jean-Luc Godard
Reparto: Eddie Constantine, Anna Karina y Akim Tamiroff
Cinematografía por Raoul Coutard
Musicalización por Paul Misraki
Edición por Agnès Guillemot
Producida por André Michelin
Distribuida por Athos Films

La Nouvelle Vague (‘Nueva Ola’) francesa marca un hito en el cine por su atrevimiento para desafiar las convenciones del cine comercial, así como honrar y rescatar joyas perdidas del cine norteamericano, convirtiéndolas en plantillas narrativas para contar historias tradicionales pero bajo esquemas fílmicos novedosos.

Uno de los catalizadores principales de este movimiento recae en el hecho de que, tras el término de la Segunda Guerra Mundial, el cine europeo se ve en la necesidad de importar films americanos y presentarlos a la sociedad liberada tras la opresión militar. Es así como se recibe – como caso especial en Francia – un intercambio cultural importante que moldea preferencias y redirecciona la visión hacia una imagen del cine diferente, que cuestiona las fórmulas y toma elementos estilísticos importantes.

Este sentido de restauración de lo que es correcto y repudio hacia lo inútil que en ocasiones el cine ofrece es cimentado por dicha generación – convertida en su madurez en críticos especializados – y que encuentran en la ahora legendaria publicación de Cahiers du Cinéma el medio perfecto para expresar estas inquietudes de forma enérgica, generando un aura bohemia alrededor suyo que les otorgó en su momento la claridad y las respuestas a estas pesquisas: el hacer ellos mismos sus propias películas.

Aún y cuando Jean-Pierre Melville sea para mí el epítome del cineasta de calidad dentro de la Nouvelle Vague, Jean-Luc Godard (un Cahiers alumni) fue quien trajo a la mesa el desafío del cine experimental al mercado convencional. El output generado por este director francés de 1960 hasta 1967 enlista 15 largometrajes y 8 cortos, los cuales se consolidan como material seminal, influyente, básico.

Cuando Alphaville debuta en el cine en 1965, Godard ya había creado 8 films los cuales pueden considerarse como obras maestras o experimentos curiosos por sus propios méritos: A bout de souffle, Le Petit Soldat, Une femme est une femme, Vivre sa vie, Les Carabiniers, Le Mépris, Bande à part y Une femme mariée.

Esta cinta narra la travesía futurística del agente secreto Lemmy Caution (Eddie Constantine, quien protagonizó en incontables ocasiones a este personaje en diversos films), quien viaja desde los “Países Exteriores” hacia Alphaville, un mundo moderno pero mecanizado, que planea deshacer a la historia misma y convertirse en un sitio sin voluntad, libre de todo dejo de humanidad. Caution es recibido por una anfitriona, Natasha Von Braun (Anna Karina), quien no recuerda absolutamente nada de lo que la define como ser humano, y que paulatinamente se convierte en el objeto del afecto de Lemmy.

Godard estructura Alphaville utilizando diversos recursos, tales como plano secuencias, simbolismos y voice-over para establecer tiempos y lugares. La presentación vertiginosa de sus créditos iniciales (un estilo que se convirtió en insignia para este realizador) forma una parte de los atractivos que hicieron de la Nouvelle Vague francesa todo un suceso, y que sin duda nos atrapa como espectadores al instante.

Lo que hace a Alphaville muy especial es el sumo cuidado en el diseño de producción, que logra ocultar en el velo de lo aparente la actualidad francesa de la post-guerra, mostrando a su vez edificaciones que pretenden darle un sentido de futurismo y que le otorgan una efectiva y convincente suspensión de la incredulidad ante la audiencia, con un uso constante de elementos pseudocientíficos, creativos efectos de iluminación y accesorios plásticos sofisticados.

Su ingenioso guión está repleto de momentos que despliegan un conflicto interesante entre la Razón y la Emoción, representados respectivamente por la inteligencia artificial que controla a esta civilización, la omnipresente y monótona Alpha-60 y el propio Lemmy Caution.

Esta sociedad binaria presenta otra capa que expone la opresión del pensamiento, la inspiración y los sentimientos por el mundo moderno, ejemplificado a través de obras literarias clásicas y de contenido poético como Capitale de la Douleur (escrita por Paul Éluard en 1926). Complementan esto la pérdida de las emociones, siendo reemplazadas por un ABC de conductas y roles vacíos, así como un lenguaje severamente editado y bajo el escrutinio severo en cada momento.

De igual forma, la narrativa empleada por Godard tiende (como en la mayoría de sus obras) a mostrar escenas repletas de un discurso filosófico, donde en este caso la libertad y el amor salen a flote como temáticas trascendentales, así como también una renuencia por seguir parámetros impuestos por el mainstream, donde se caracteriza su carencia en escenas de acción palpitantes, sustituidas por chuscas coreografías que se evitan preámbulos innecesarios para crear un momentum que es banal, vacío y de poco interés para este realizador, incluyendo un conflicto final cuyo campo de batalla se presenta en base a ideas profundas en lugar de golpes o disparos.

El realizador emplea el hard boiled dialogue del cine negro americano para mostrarnos las motivaciones y perspectiva del protagonista en este ambiente vacío y estéril, siendo él un hombre visceral, iracundo, en pleno choque y contraste con sus alrededores.

Alphaville presenta un análisis del mundo tras el conflicto bélico, donde la transformación del personaje “Dr. Nosferatu” (en clara alusión al cine de arte y a las muestras plásticas) por el “Dr. Von Braun” (que plasma el sometimiento del arte por el átomo, la teoría del capital y el cohete) nos hacen ver que este planeta Tierra de la modernidad ha olvidado su corazón debido a la búsqueda del control, la dominación y la coerción de la voluntad y la voz interna del ser humano.

Alphaville trasciende además por ser el documento fílmico que el director emplea para rendirle homenaje a su musa, la actriz Anna Karina: presente y distante a la vez, llena de misticismo, energía, fragilidad, dulzura, tristeza, añoranza, atractivo, pasión oculta en una mirada inocente, reflexiva. La cinta evoca todas esas emociones a medida que presenta secuencias donde la cámara de Godard explora y escudriña una y otra vez sus reacciones.

Siendo su esposa y actriz principal en una buena cantidad de sus films, Godard la hace recitar poesía como un notable ejercio de cortejo subliminal hacia su figura, su efigie y sus finos rasgos. Ella se mueve con gracia, soltura e ingenuidad ante la disyuntiva entre una vida de Unos y Ceros por otra donde el recuerdo, la nostalgia, el amor y la esperanza por un futuro brillante se encuentra muy cercana.

La intensidad de este amor es traducido fehacientemente dentro de esta película, el cual terminaría siendo efímero, cuando ambos deciden separarse en 1967, año que coincidentemente “oficializa” para muchos el término de la Nueva Ola, cuando Godard deja atrás su análisis y crítica de la forma y fondo del cine para perseguir temas más personales, de fondo político y un cine de radicalismo experimental.

Alphaville es un paquete cinematográfico de contenido contracorriente fuera de serie, siendo una mirada crítica e incisiva sobre el mundo industrializado y capitalista, la cual es vertida por uno de los exponentes más importantes de la Nouvelle Vague francesa, quien además plasma a este film como una misiva amorosa bajo el disfraz de novela detectivesca.

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