Moneyball

Quizás el más fino sports drama americano jamás contado…

Moneyball | Estados Unidos, 2011
Dirigida por Bennett Miller
Libreto cinematográfico por Steven Zaillian y Aaron Sorkin, bajo una historia por Stan Chervin
Basada en la novela homónima de Michael Lewis
Reparto: Brad Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman
Cinematografía por Wally Pfister
Musicalización por Mychael Danna
Edición por Christopher Tellefsen
Producida por Brad Pitt, Scott Rudin Productions y Michael De Luca Productions
Distribuida por Columbia Pictures

Las películas de deportes americanas (boxeo, equitación, golf, baloncesto, beisbol, futbol y soccer) han presentado a lo largo del tiempo patrones muy marcados, explotando la ilusión básica del éxito y mostrando la superación tanto de niños, jóvenes y adultos en situaciones que combinan obstáculos e intereses egoístas en escenarios llenos de realismo mágico, con un final feliz.

Personalmente, Raging Bull (1980) y Major League (1989) son ejemplos representativos que destacan por encima de los demás, donde el montaje, manejo de cámara y el viacrucis dramático del primero y la naturaleza cómica, novedosa e impredecible de la segunda las han mantenido en el gusto del aficionado, venciendo el paso del tiempo.

A este dúo cinematográfico se les une Moneyball, una cinta que, como un todo, ofrece resultados muy satisfactorios para el público, logrando un balance mucho más efectivo que películas como Jerry Maguire (de excelente drama interno) y Any Given Sunday (que desmenuza los engranes que mueven al deporte profesional norteamericano).

Moneyball se inspira y supera a estos films, logrando hacer un gran amalgama que cuestiona las prácticas tradicionales del Rey de los Deportes, el beisbol, así como también analiza los sacrificios a los que llega un hombre por trascender en él y dejar huella.

Ésta película, junto a la exitosa Capote (2005) empiezan a construir una sólida filmografía para su director, Bennett Miller.

Basada en el libro del mismo nombre, el film narra el caso real del gerente general de los Oakland Athletics, Billy Beane (Brad Pitt) para reconstruir en el año 2002 a una franquicia de media tabla y relativo éxito que afronta una nueva temporada, tras la desbandada de sus jugadores estrella. Beane emprende una riesgosa estrategia junto a su asistente (interpretado por Jonah Hill) para romper paradigmas y explotar el potencial de sus jugadores en base a su rendimiento estadístico probado y no en base al feeling y cualidades subjetivas e intangibles que los experimentados entrenadores abrazan dentro de este gran negocio.

Pitt ofrece quizás uno de sus mejores papeles, dominando cada ápice de la pantalla con una actitud llena de convicción en duelo constante contra el fatalismo. Su pesar a medida que el éxito se acerca nos habla de un alma atormentada y que vive al día, a sabiendas de que el paso sobresaliente de su equipo no es suficiente para revolucionar a un deporte que tanto lo apasiona y decepciona, considerándolo arcaico pero lleno de áreas de oportunidad.

Hands down, Jonah Hill ofrece uno de sus papeles definitivos en su carrera en el séptimo arte, dejando atrás cualquier actitud disparatada para transformarse en un manojo de nervios e inseguridades a medida que se aleja del escritorio para dedicarse de frente ante la realidad como manejador del recurso humano que es impredecible y multifacético.

Moneyball es una gran película que mantiene a raya el realismo mágico del deporte en el celuloide, ofreciendo dosis sobrias de momentos épicos – en los cuales se maneja de forma soberbia la constante búsqueda de la inmortalidad estadística dentro del beisbol, regido por el reconocimiento de los récords y performances individuales destacados en cada posición dentro del diamante de juego — incluyendo un efectivo enfoque cuasi-documental, donde la base dramática nos conduce a momentos de comedia sutil que nos arranca una leve sonrisa sin exceso alguno. Esta es una cinta cerebral donde sin duda su equipo de producción – donde resalta sobremanera el manejo top  notch en el diálogo del guionista Aaron Sorkin y la pulcra cinematografía de Wally Pfister, colaborador frecuente de Christopher Nolan — ha estudiado el género con el fin de dotarlo de lo mejor pero con el objetivo claro de evadir sus trampas y superar expectativas.

Con esto, Moneyball trasciende el velo de una película de deportes para convertirse en un interesante drama que conjuga atmósferas de gran decepción y optimismo, consolidándose como una de las mejores realizaciones del año 2011.