The Royal Tenenbaums

Una superficial puesta en escena que esconde un preciso character study sobre la desolación, nociva nostalgia y desintegración familiar.

The Royal Tenenbaums | Estados Unidos, 2001
Dirigida por Wes Anderson
Libreto cinematográfico por Wes Anderson y Owen Wilson
Reparto: Gene Hackman, Anjelica Huston, Luke Wilson, Gwyneth Paltrow, Ben Stiller , Owen Wilson, Danny Glover, Bill Murray, Kumar Pallana, Seymour Cassel y Alec Baldwin (narrador)
Cinematografía por Robert Yeoman
Musicalización por Mark Mothersbaugh
Edición por Dylan Tichenor
Producida por Wes Anderson, Barry Mendel y Scott Rudin
Distribuida por Touchstone Pictures

The Royal Tenenbaums es un dramedy de difícil digestión, que tanto puede asombrar como desilusionar. La cinta narra los problemas de una familia, cuya fractura y discordia parece no tener remedio, a pesar de los esfuerzos de su otrora irresponsable padre por establecer un amistoso reencuentro con su esposa e hijos, para recuperar el tiempo perdido.

Es cierto, el guión escrito por Wes Anderson y Owen Wilson es quizás uno de los mejores de todos los tiempos (la maestría en la cual se disfraza la infinita tristeza de sus personajes entre diversas dosis de comedia negra impresionaría a cualquiera), y no queda duda que al unísono crean material cinematográfico fuera de cualquier molde.

Sin embargo, es la estilización y perfeccionismo en cada toma, en cada expresión (el dominio del lenguaje corporal de todos los actores para encarnar estos estados de ánimo depresivos es impresionante) es la que vuelve completamente impenetrable a The Royal Tenenbaums.

Quizás ese sea el objetivo: no podemos identificarnos con ninguno de ellos porque no es posible, porque después de todo ninguno de ellos es “real”, es la caricaturización de vidas cayendo a un abismo de emociones reprimidas y de palabras que cuestan trabajo decirse.

Con una fotografía impresionante (el mejor trabajo de Robert Yeoman, cinematógrafo recurrente de Anderson, quien de nueva cuenta aplica una capa cromática estándar sobre todo el film), Tenenbaums es colocada sobre en un pedestal por parte de su realizador, tan distante como solemne.

Anderson enfatiza esta solemnidad incluyendo una banda sonora que en intervalos parece ser tanto alegre como triste. Su nivel de control sobre la película es el indicado para mantenernos en vilo, para evitar que la audiencia apoye al reparto para que lleguen al triunfo, y en su lugar los repudie por su incapacidad de abrirse con honestidad y pedirse perdón mutuamente.

Esto se refuerza de igual forma en el modo en que se estructura la historia, a manera de un relato literario – basado en los textos del autor neoyorkino J.D. Salinger y la épica pero incompleta cinta de Orson Welles, The Magnificent Ambersons – donde este excéntrico ensamble ejecuta los designios del plot de una forma mecanizada.

Todos los actores dentro de The Royal Tenenbaums muestran una faceta interesante para plasmar en pantalla a estos individuos – en un inicio huecos, donde utilizan una máscara de frialdad que paulatinamente va mostrando fragilidad e indicios de humanidad: Gene Hackman posee un dominio total del escenario como el desinteresado y deshonesto Royal, logrando esconder a través del orgullo y presunción su grado de arrepentimiento. Sus planes son precisos, sus respuestas son cortas, sus disculpas son medidas, evitando en todo momento el caer en fuera de personaje. Es interesante ver como Royal, aún tratando de ser honesto con todos, sigue manipulando las cosas a su alrededor para lograr la unión familiar.

Este mismo nivel de paciencia es mostrado en la interpretación de Ben Stiller, llevando la tensión de su personaje a un punto de ebullición que es usado al final como comic relief, fiel a su estilo; Gwyneth Paltrow, Luke Wilson (ambos con su mejor performance en el cine) y Owen Wilson (haciendo una impresionante antítesis de su característica imagen fílmica sin inhibiciones) se presentan llenos de complejos, miedos y decepciones.

Danny Glover, Bill Murray y Anjelica Huston muestran gran estoicismo, firmeza, respetando en todo momento su rol como apoyo para el avance de la historia, con el fin de que su director expanda el análisis sobre los personajes de Hackman y Paltrow, así como encaminarlos a todos juntos en un largo trayecto hacia el perdón y la redención.

Tanto Rushmore (de 1998) como The Royal Tenenbaums son una muestra de la capacidad de Wes Anderson para crear mundos cándidos y desoladores. Personalmente me inclino más por el primero, aunque el segundo sin duda nos ofrece un gran reto como audiencia para descifrarlo y encontrar su encanto.