Halley

Sin suscribirse a ningún género y repleta de infinita subjetividad, Halley es un experimento que ejercita la diversa técnica, forma y fondo del film de manera curiosa e ingeniosa.

HALLEYposterHalley | México, 2013
Dirigida por Sebastián Hofmann
Libreto cinematográfico por Sebastián Hofmann y Julio Chavezmontes
Reparto: Alberto Trujillo, Luly Trueba y Hugo Albores
Cinematografía por Matías Penachino
Musicalización por Gustavo Hernández Dávila
Edición de Sonido por Raúl Locatelli
Edición por Sebastián Hofmann
Producida por Julio Chavezmontes, Jorge Fong, Javier González, Rune Hansen, Mónica Reyna, Jaime Romandia y Joakim Ziegler
Distribuida por Piano y Mantarraya

Desde hace un buen tiempo no se había visto algo similar en el cine de México para un largometraje. Por lo general las propuestas left-field provienen ya sea de secuencias animadas y breves realizaciones. En el caso de Halley se expone una desafiante narrativa apta para quienes buscan experiencias fuera del estándar en el que se encuentra la estancada industria cinematográfica nacional, que está más preocupada en tiempo reciente por mantener una zona de seguridad en escenarios populistas que le ayuden a obtener una línea de recaudación respetable.

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Halley es un film difuso, carente de una categorización definitiva, pero eso no la excluye de basar su estructura en un interminable checklist de referencias e influencias de diversos géneros fílmicos y estilos de realizadores consagrados. En su caso, parece ser un híbrido entre un proyecto de cine experimental (de esos que en Norteamérica se encuentran solamente a nivel académico) y una producción mainstream.

La cinta no se encasilla, y a pesar de ser publicitada bajo la etiqueta de “Terror” ni siquiera se logra un atisbo hacia esa faceta del cine. Aun así se nutre de aderezos estéticos propios del Body Horror (sin suscribirse a él) y apropiándose de sus características fundamentales — la preocupación por el decaimiento de las especies, la fascinación por la búsqueda de la longevidad y el estudio de la enfermedad como una manifestación de nuestro ser interno — manteniéndose a flote gracias a un buen uso de Kubrickian Non-Submersible Units y Carruthian puzzle boxes.

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El punto de quiebre que hace trascender a Halley es que aprovecha este estilo para analizar de manera ligera a espectros de la sociedad que se sirven de la anatomía humana como fuente de satisfacción estética (físico constructivismo) o monetaria (grupos evangelistas que lucran sobre la fe de quienes sufren de discapacidades).

La fórmula empleada por Halley para este breve estudio se basa en una fijación muy marcada a escudriñar al cuerpo humano a lo largo de situaciones mundanas, retratando con tomas estáticas y elementos repetitivos variados a los instantes cotidianos y en períodos prolongados, una técnica muy propia del alt-cinema de los 70s.

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Es decir, Halley apuesta por un approach más que interesante y sumamente llamativo y que podemos abstraer de la siguiente forma:

Chantal Akerman meets David Cronenberg
by way of (a subtle) Carlos Reygadas
with a soundtrack by Cliff Martínez, true believers.

SOLD!

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Estas extensas rebanadas de normalidad vienen acompañadas de un manejo de cámara interesante, virtuoso manejo del maquillaje y atmósferas sónicas que recuerdan los mejores soundtracks de Martínez y Tangerine Dream, así como de filmes de corte independiente (Biosphere en Insomnia salta a la memoria inmediatamente).

Halley narra la historia de Beto, interpretado de manera digna y cerebral por Alberto Trujillo, quien logra transmitir una personalidad parca, introvertida, solemne, reservada, bajo constante dolor, desolación, resignación y aparente revelación y milagro en los minutos finales. Beto parece sufrir una condición dermatológica que hace aparentar un paulatino estado de descomposición y putrefacción, y cuya existencia se va difuminando con sus alrededores, diluyéndose a medida que transcurre la unidad de tiempo.

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Una serie de brevísimos intercambios con el reparto de apoyo (se atisba una preocupación por lo visual más que por la probable dramaturgia que este padecimiento pudiese generar) deja ver no solamente la relación entre esta historia con el epónimo cometa viajero, sino que pondera levemente (y con matices que navegan entre la melancolía y el humor negro) aspectos de lo efímero de nuestra existencia y la constante máxima de decirle adiós a esta vida en completa soledad — aunque el film deja ver tímidamente un twist al género zombie bajo extremos más cercanos al cine contemplativo, libre de sus trampas como un elemento de género.

En lo particular NO me uno a ver este film desde el punto de vista del zombie como un ente social; la cinta no me ofrece puntos de entrada para esas capas de análisis en ningún momento, y en este aspecto Halley (para su beneficio) se aleja de esta escuela de pensamiento, acuñada, elaborada y agudamente expuesta por el inmortal y audaz George Romero.

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De difícil digestión, el mayor mérito de Halley es que logra darle la vuelta a las costumbres en el Cine Mexicano de la última década, uniéndose a aquellas (y muy  contadas) realizaciones que saltan a la palestra para intentar formar un nuevo acervo fílmico que logre pasar a la posteridad por su atrevimiento y reclamo por un séptimo arte de calidad.