La Orejona y yo

“Darle otra oportunidad a la esperanza o hacer del dolor un complejo, ésa es la cuestión. Ellos saben, todos sabemos, que el certificado de equipo histórico tiene las largas orejas de la Copa de Europa.”
— Jorge Valdano.

¿Y cuál fue tu primera Champions?

Todas las ediciones de la UEFA Champions League guardan una historia especial. En lo personal soy uno de los suscritos al romanticismo de la otrora “Copa de Europa” entre el ’55 y el ‘92, con sus fases de knockout llenas de aventura, vértigo, drama, nutrido anecdotario, héroes impensables, polémica arbitral, jugadores top, rivalidades, equipos míticos, los matagigantes y las eliminaciones de último minuto. En pocas palabras fútbol en estado puro, y que antecede a la comercialización del deporte y a sus tediosas fases de grupos en donde siempre los más grandes se comen al más chico.

A pesar de la pérdida paulatina del sentido de novedad y la aparición de brechas descomunales en los presupuestos de los equipos—incluyendo la amenaza latente de una “súper liga” que desestabilice el orden futbolístico mundial—la Champions trajo al mundo no solamente un opening sinfónico inconfundible, sino que le inyectó una descarga de electroshock al aspecto comercial del evento, completamente centralizado y reenfocado a maximizar los ingresos por publicidad estática y derechos de transmisión televisiva. Una vez que los clubes llenan sus arcas tras 6 partidos de clasificación (o de mero trámite en ocasiones), la competición vuelve a retomar el espíritu de la vetusta Copa de Europa en los choques de eliminación directa, poniendo a los aficionados en alerta, en crisis nerviosa y de plácemes.

“Los partidos a doble vuelta de Champions son la prueba final que el diablo pone a cualquiera que le pida cita. Así se explica la Copa de Europa y así se explica la vida, un lugar en el que nunca hay tregua.”
— Manuel Jabois.

La videoteca amasada en casi tres décadas de competición presume de dinastías, equipos emergentes y desafortunadamente poco espacio para las cenicientas. Aun así, el marketing para promocionar a estos partidos de fútbol no tiene parangón: el mundo se paraliza cuando las estremecedoras y emocionantes partituras y letra del compositor británico Tony Britten se entonan en el rectángulo verde, dejando un benchmark inalcanzable para otras competencias internacionales, que han intentado sin éxito emular al himno de la Champions League.

 

De igual forma su atractiva estética visual—con una tipografía y paleta de colores unificada—convierte al evento en un objeto fácilmente reconocible a ojos de cualquiera, creando de esta manera atmósferas con una mística sin igual. El crecimiento del certamen es tal que la UEFA, organismo rector del balompié en el viejo continente, ha llevado a la caravana de la Champions a recorrer el mundo y de regreso, llevando el trofeo—y a los jugadores franquicia que lo han hecho mítico a lo largo del tiempo—a las puertas del aficionado. Este “World Tour” reafirma la presencia de la marca en el gusto del fanático futbolero, asumiéndola como propia.

Pero lo más importante, que es lo que sucede con los jugadores y la pelota en el césped, llevan mano. No hay futbolista que se resista al encanto de la Champions, y jugarla es un objetivo en la mira de todos ellos, dinamitando de esta manera al mercado de fichajes en Europa—el cual explosionó sobremanera tras la controvertida Ley Bosman del ‘95 para el libre tránsito de jugadores en la Unión Europea.

Esta adhesión a la modernidad llevó al formato de competencia al siguiente nivel. Si en el pasado tuvimos a una auténtica Copa de Clubes Campeones Europeos, la Champions cambió las reglas para siempre en 1997 al admitir por primera vez a equipos colocados debajo del primer puesto en su liga local, incluyendo un maratónico ciclo 1998-2003 que tuvo no solo una sino DOS (!) fases de grupos consecutivas. Esto detonó un sprint competitivo en las ligas “Top” para alcanzar un boleto en la Liga de Campeones, siendo un objetivo codiciado no solamente para embolsarse dinero sino como un proverbial “premio de consolación”, sobre todo para aquellos clubes necesitados de buenos resultados a la vista de sus aficionados y núcleo directivo.

Así, la Champions amansa a cualquier crisis. Los clubes más ambiciosos y emblemáticos ven en su característico trofeo de grandes asas—las “orejas”—un objeto del deseo, un bálsamo y un prestigio que otorga inmortalidad deportiva. Este torneo polariza, y es capaz de generar mayor expectación y calidad de fútbol que la propia Copa del Mundo de la FIFA, a pesar de que la presea en juego quede (usualmente) en manos de unos cuantos—esto es debido a las constantes reorganizaciones de las fases preliminares, en donde los equipos de menor jerarquía siempre quedan rezagados al emparejarse con aquellos de “nivel 2” en las ligas más fuertes de Europa. Esta segregación paulatina de los equipos modestos alcanza su punto máximo cuando a partir del ciclo 2009 a la fecha todos aquellos equipos que queden en terceros lugares en grupos de Champions avanzan automáticamente a fase de eliminación directa en la competencia hermana, la UEFA Europa League (la anteriormente llamada Copa de la UEFA).

Omitir deliberadamente a nombres de equipos en este artículo es un crimen y algo bastante difícil, ya que hablar de este torneo y su alcurnia es gracias al legado de todos sus participantes a lo largo de su historia. Cada aventura en Europa, cada actuación, cada victoria, cada milagro, cada decepción, cada acierto y error han amasado un cúmulo de relatos, hazañas, tragedias, numeralia y estadísticas para toda una vida, y que como un todo nos acercan más a esta competición, convirtiendo a esta cita anual en toda una tradición repleta de devoción absoluta.

Esto lo menciono porque es importante ver a la Copa de Europa y a la Champions como una entidad con vida propia, que se apodera de nosotros y que nos lleva a acompañarla incluso y a pesar de que nuestro equipo favorito, sea cual sea, haya sido dejado en el camino. Numerosos futbolistas señalan a esa magia que generan las “noches europeas” en las que la búsqueda del triunfo pone en trance a jugadores y público, impulsándolos a dar todo de sí por vencer al rival de enfrente y convertir al estadio en un fuerte inexpugnable, en un calvario para el oponente y en un maremágnum de emoción y catarsis al por mayor. Es un encanto y valor intrínseco que esta competición de la UEFA posee.

Y no se digan sus juegos por el título, disputados en cancha neutral—con equipos jugando como locales en contadísimas ocasiones, e incluso entre rivales del mismo país y/o ciudad tras la apertura del certamen—lo cual lo vuelve un espectáculo aparte, haciendo que la expectativa aumente sobremanera y haga de cada sede el centro neurálgico del mundo entero. Recibiendo a miles de aficionados y prensa acreditada, las finales traen consigo a una derrama económica importante y un valor de marca sin igual.

El impacto que provoca la final de la Champions es tal que los equipos en pugna no solamente se ven afectados psicológicamente sino que predisponen al propio partido a ser una guerra deportiva en la que el resultado y la estrategia se ponen por encima de las formas. El fútbol lo sufre, es un mal endémico de nuestros tiempos y en lo personal me han tocado ver partidos que han sido legendarios, pero también la cantidad de finales definidas por un solo gol es un precio que los equipos están dispuestos a pagar por llevarse la gloria–siendo el 1-0 el marcador que más se ha repetido históricamente, y balanceándose peligrosamente entre lo cardíaco y lo aburrido. A pesar de ello la carga emocional, ese nervio que implica ser partícipe (remoto) de encuentros tan cerrados nos impulsa a seguirlos viendo no importa cómo.

Por todas estas cualidades, la Champions League se vuelve quizás en el torneo más difícil de ganar, y que seduce a pesar de verse envuelto en círculos viciosos que perjudican a los más débiles y obsesionan a los más poderosos.

Participar para competir y llegar lo más lejos posible, o arrebatarse el trofeo para evitar el fracaso y la psicosis colectiva. Son vértices y matices que, como dijo Valdano, le abren paso a la esperanza o nos acomplejan en la derrota.

La Orejona y yo, el eterno romance…