Brechas

Como herramienta de interacción, Twitter proporciona las condiciones idóneas para crear caldos de cultivo benignos y tóxicos. El fenómeno del “Comicsgate”, que tomó forma como una rama del infame “Gamergate” en la cultura del videojuego, tiene como agenda la radicalización y adoctrinamiento de una base de lectores en particular para rehacer al comic comercial (*) a su imagen: tanto el perfil racial del público meta como el uso de un lenguaje de alto nivel y terminología rebuscada forman parte de esta tendencia en los Estados Unidos (**)

(*) Solamente al comic comercial. El lector del Comicsgate no está interesado en el underground, ni en las novelas gráficas, ni en el nicho del Comic de Autor. Ese segmento está alejadísimo porque son auto excluyentes: la academia, el snobismo, el hipsterismo y la teoría del comic se acercan más a imponer ciertos estatus y géneros literarios, y se desentiende de temas como raza, orientación sexual, figuras aspiracionales o causas sociales. El lector asociado al Comicsgate quiere ver a Carol Danvers usar de nuevo su monokini negro y antifaz que ser un reconocido ícono feminista.

(**) Admítanlo, true believers. Cuando hablamos de Marvel y DC, todo se reduce a absolutismos. El lector latinoamericano y euroasiáticoafricano que compra comics importados o traducciones de material original ni siquiera se vislumbra en el radar del escalafón de ventas ni del Comicgater. Puedes subirte al tren del anti-Comicsgate, claro está, pero es ruido blanco, como estas propias líneas.

Lo que me interesa es llegar a la antropología del problema, y para mí me queda clarísimo que es la brecha generacional la raíz de todo. Lo que enfrenta el comic mainstream es que NUNCA, NUNCA, NUNCA (nunca) pudo ampliar a su base de lectores en casi ya cuatro décadas (1980-2019), una vez que se alejó de los puestos de revistas, las tiendas de conveniencia y los supermercados.

Se convirtió en un club exclusivo con el Mercado Directo. Warren Ellis les llamó “Superhero Shops”, y eso le permitió a Marvel y a DC enfocarse en sectores marginales con formatos de prestigio, miniseries y eventos anuales, amplio bagaje y un largo etcétera. Cuarenta años formando hábitos de lectura específicos, técnicas narrativas específicas y personajes específicos. El lector se acorraló y las publicadoras tenían que satisfacer esa demanda que crearon para ellos.

Por tanto, cuando ocurren puntos de quiebre como la venta de Marvel a Disney (y la subsecuente reacción de Time Warner para sumarse a esa causa capitalista), estos cuentitos marginales se vuelven minas de oro con un potencial enorme. Súmale un trancazo como la movie de Iron Man y tienes la justificación necesaria para reconvertir a un ghetto como los comics en una máquina ultra inclusiva y para hacer dinero.

Bajo este ambiente se empieza a permear un cambio cultural importante, y si en 40 años ni Marvel y DC pudieron captar a un público nuevo—por temor a perder al lector veterano y con poder adquisitivo—ahora que ya es una obligación nos encontramos con estos problemas como el Comicsgate, el acoso a los escritores Top en Twitter (Donnie Cates, Tom King por nombrar a los más importantes) y la imposición a calzador de Políticas de Conducta en Redes Sociales, hechas al vapor por las grandes editoriales y que más bien parecen técnicas de control de daños que una forma de convocar al civismo y a la sana convivencia.

De esta manera, el rechazo por series nuevas que tratan de reflejar a los tiempos actuales es más que evidente. El choque generacional es inmediato. Ni siquiera el recurrir a la nostalgia ochentera se salvó de estas reconversiones (para el hardcore fan Comicgater pareciese que mientras traigas cosas viejas al verbatim todo estará bien. Lo demás es “violar a la infancia”.)

Por poner un ejemplo voy a utilizar a “Blackbird”, publicada por Image Comics. Blackbird es de esos proyectos que intentan capturar al zeitgeist de esta segunda década del siglo XXI: la juventud en búsqueda de su destino, la identidad sexual, el drama intra-familiar, las diferencias que nos unen y la cultura millennial, atrapándolo bajo contextos conocidos dentro de la literatura llamada Young Adult (YA). En Blackbird #4 se define verdaderamente hacia dónde se dirige el comic y deja de victimizar a su personaje principal, quien encuentra una valentía para encarar a su futuro y evitar ser definida por sus aparentes fracasos sociales, los traumas existenciales, un futuro incierto y la incomprensión de quienes la rodean (tropes clásicos dentro del YA contemporáneo).

El main draw de esta serie es el evocativo arte de Jen Bartel, artista homosexual y reconocida feminista. Toda una critical darling por su buen ojo para los pinups de notable belleza, androginia, queerness y dayglo hípersaturado. Personalmente ella entra dentro del nicho de los y las ilustradoras que destacan en composiciones individuales (pinups, posters, portadas, fan art) pero que al momento de dar el salto al proceso secuencial notamos varias áreas de oportunidad y elementos estéticos por pulir.

A Blackbird le tomó 4 tomos en encontrar su paso: su protagonista, una adolescente huérfana cuya incierta y gris realidad da un giro insólito (un cliché del YA), se vuelve parte de un hasta ahora desconocido linaje de hechiceros de gran poder, presencia y agendas misteriosas (existen centenares de libros, animes y fan fiction que nos hablan de esto), quienes entablan una sangrienta guerra secreta unos con otros por la supremacía del Estado de California.

Este tipo de narrativas se han convertido en el blanco del Comicsgater: series como “Mockingbird” (de la incisiva autora y feminista de amplio discurso Chelsea Cain, excomunicada por Marvel al no ser apoyada por la editorial para dar realce a estos contenidos en sus comics); “IronHeart” (una nueva Iron Man protagonizada por Riri Williams,  jovencita afroamericana creada por Brian Bendis, claramente en alusión a su hija adoptiva de raza negra); “Nova” (creado por Jeph Loeb en homenaje a su hijo fallecido a temprana edad); Ms. Marvel (una adolescente pakistaní y musulmana creada por G. Willow Wilson, autora convertida al Islam); “Thor” (Jane Foster, otrora “damisela en peligro” y personaje recurrente en este comic); “Hawkeye” (Kate Bishop, socialité de armas tomar y de amplios recursos) y muchos otros que durante el lustro 2012-2017 coparon los stands.

Me puedo imaginar la cantidad de hate mail recibido por Marvel. La vieja guardia en claro divorcio con personajes que no les hablaban a ellos, a su idiosincracia, gustos, preferencias y tradiciones. La editorial claramente no supo cómo hacer convivir a ambas audiencias y, en una penosa experiencia en un simposio para detallistas, su Gerente Comercial le atribuyó el slump de ventas provocado por tales series al “rechazo a la diversidad”. Como si tener a dos Thors, dos Iron Mans y dos Captain Americas conviviendo en una misma historia iba a confundir a los fans de las películas y a enojar a los fanboys—lo único que esto me dice es BAD WRITERS.

De igual forma, la mínima oportunidad a autoras mujeres durante décadas fue acumulando estereotipos y caracterizaciones blandas (“mujeres en refrigeradores”, decía la escritora Gail Simone).

Es notable y penoso ser testigo en tiempo reciente de toda esta acumulación de tendencias nocivas cuyo origen va más allá de un Club de Toby, y no solamente en el ámbito del entretenimiento sino en los demás estratos sociales. Carencias no solamente de sentido común sino de respeto, tolerancia, educación, civismo y empatía.

Ha podido más la coacción no visible sobre los profesionales del comic por parte de estas publicadoras para restarle importancia a cosas como el Comicsgate—ningún pronunciamiento tanto de Marvel y DC no es algo positivo, ya que barrer bajo el tapete en lugar de denunciar a estas conductas solo va cultivando más y más a estas brechas que nos separan de disfrutar nuestro hobby en paz.