Enemigos íntimos

Santiago Solari (Rosario, 1976), activo durante 15 años en la élite futbolística, alcanzó su cénit siendo miembro de aquel Real Madrid que consiguió la afamada “Novena” Copa de Europa en el año 2002, dejando su huella en el conjunto blanco para siempre. Mediocampista de gran versatilidad, paciente visión de campo y punzante verticalidad, fue una pesadilla para las defensas rivales en su andar por las canchas de Argentina, España, Italia, México y Uruguay. Su etapa como colaborador en el rotativo ibérico El País nos mostró una faceta de un analista cerebral, capaz de sintetizar de manera elocuente las complejas aristas que rodean al balompié.

Su contribución fuera de las canchas en la palabra escrita no tiene desperdicio, y por ello compartimos uno de sus textos definitivos: en “Enemigos íntimos”, Solari desmenuza de manera perfecta los contrastes y emociones que se generan al entrar en contacto el mundo futbolero y el periodismo, un tándem que no solo forja una electricidad que es incómoda sino una auto dependencia que es esencial para darle un sabor único a este deporte de masas.

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Enemigos íntimos

Santiago Solari

El futbolista ve en el periodista a un extranjero. Un intruso con camisa y zapatos limpios que pretende pisar con su librito de teoría bajo el brazo su lodoso territorio de la práctica. Un charlatán sospechoso que, solo por hablar, puede influir sobre su futuro. Ve a alguien que juzga sin hacer, que no corre, no suda, no siente cansancio o dolor, no escucha los silbidos del público ni los saludos afectuosos a su puta madre pero que, concluido el partido, con una tacita de té de tilo a mano y el aire acondicionado encendido, dice todo aquello que debió haberse hecho y no se hizo y todo aquello que se debería hacer para corregirlo.

Pare el periodista deportivo, en cambio, el jugador es otro objeto de estudio. Un tipo con una habilidad puntual. Un poco consentido y caprichoso, sensible a los pequeños cambios de rutina. Ve un ser que lleva una existencia monótona en su sencillo mundo verde, rectangular y perfecto. Lo mira, quizá, hasta con condescendencia; sabedor de una verdad que el futbolista, en el trajín de su rutina, ignora: que el fútbol se termina y la vida sigue, sin autógrafos ni flashes.

El análisis de un partido de fútbol es siempre incompleto y discutible. No puede ser de otra manera, ya que, por mucha capacidad de observación que tenga, el periodista no puede conocer todos los detalles. No ayuda a complementar la opinión especializada el hermetismo actual, donde la entrada a los entrenamientos se cierra y el acceso al futbolista es menor. Esto, que parece un contrasentido en un mundo híper conectado, no solo se debe a una supuesta paranoia de los entrenadores o a intentos por evitar que se filtre información que le pueda ser útil al rival. También es una forma de aislar a los jugadores de cualquier distracción y de la presión y el desgaste de atender constantemente a la prensa. Sobre todo en equipos grandes, donde a diario se amontona una gran cantidad de medios y periodistas, no todos especializados.

Cuanto mayor información tenga un buen periodista, menos subjetivo debería resultar su análisis. Al limitar la información, de manera justificada o no, los entrenadores se convierten involuntariamente en promotores de especulaciones. Sin pretenderlo generan mayor subjetividad, aunque nada justifica el periodismo creativo, en el que se inventa algo que no sucedió solo para rellenar un espacio.

El abismo que se abre entre el futbolista y el periodista no se debe solo al recelo tangible entre aquel que realiza una tarea y aquel que la juzga. Hay también cierta falta de empatía. No parece importar que el fútbol produzca un material que los medios chupan y potencian para armar un producto cada vez más grande, que realimenta a los propios protagonistas. Esta es una simbiosis que no evita los recelos. Una parte de la prensa, que no se dedica al estudio y la crítica sino al exabrupto fácil y sin fundamento es culpable, en parte, de la visión prejuiciosa que muchos deportistas se han forjado del periodismo deportivo en general. También aquellos sospechosos de favoritismos. Subir o bajar el pulgar a un futbolista solo afecta al interesado y no hay, como en otras ramas del periodismo, una exigencia social de compromiso con la realidad. Al fin y al cabo solo se trata de fútbol.

Sin embargo, muchos buenos periodistas no solo sufren injustamente este prejuicio, sino que deben convivir con otros. No importa cuán respetuoso o justo sea un comentario, al igual que el árbitro, el periodista siempre puede ser acusado de no ser objetivo, de responder a intereses editoriales e incluso de ser hincha de un.

En un mundo donde las identidades se definen por el apego emocional a unos colores, la búsqueda de la objetividad no garantiza seguidores. Al contrario, a muchos aficionados y protagonistas les disgusta la realidad, prefieren mantener intacta su propia fantasía y consideran un conspirador a aquel que no diga lo que quieren escuchar. Escribir aquí, no con las habilidades de un periodista sino con las armas romas de un exfutbolista, me ha enseñado una lección importante: que diga lo que diga, uno queda totalmente expuesto, desnudo en su literalidad y que no solo las posibles carencias propias, a la hora de expresar una opinión, pueden generar confusiones. Es igual de importante saber leer. Aceptar y entender el tono, el enfoque, el criterio y ¿por qué no? los deseos de quien escribe. Leer lo que hay y no rellenar con prejuicios las páginas de otros.

Jugadores y periodistas deportivos, enemigos íntimos que, tal como los conocemos, no podrían existir los unos sin los otros.

Publicado originalmente por El País el 21 de noviembre de 2011.