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        February 21, 2017 |  Por Rafael Flores
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“That gum you like is going back in style!”

Mis memorias sobre la serie televisiva Twin Peaks son muy difusas. Cuando la trajeron a México estuvo por un brevísimo tiempo, siendo transmitida (y probablemente incompleta) en ese entonces cerca de las 10 de la noche por Multimedios Estrellas de Oro—ahora Milenio Televisión—siendo los años 1993 o 1994, y bajo el nombre de “Picos Gemelos”, traducción literal de su título en inglés.

De eso solamente recuerdo la secuencia de créditos finales, con la foto de Sheryl Lee como Laura Palmer, cuyo trágico y misterioso asesinato detona toda la críptica e intrigante narrativa que cautivó al público estadounidense durante su emisión original (dos temporadas entre 1990 y 1992).

En ese entonces éramos más aficionados de Flash—protagonizada por John Wesley-Shipp— y de “V”, la saga de Invasión Extraterrestre que no nos perdíamos con toda la familia y que nos ponía la piel de gallina—el fenómeno ovni estaba en su apogeo con programas como ¿Y Usted qué Opina? con Nino Canún y los reportajes de Jaime Maussan en Televisa. Twin Peaks fue una memoria diluida en el curso de los años, mientras mi mente se distraía con los comics (X-Men, ni más ni menos), con el Megaman en turno en la consola de Nintendo y con el anime de Saint Seiya que transmitía TV Azteca.

Twin Peaks regresó de manera extraña a mí, fiel a su esencia: me encontraba en un viaje de trabajo y hospedado, no en un gran hotel como el Great Northern, pero el Best Western seguramente servía también un buen café. “Fire Walk with Me”, la película y precuela que contaba los últimos días de Laura Palmer se transmitía por el tv set. ¿Sería Cinecanal, Cinemax o Cinema Golden Choice, quizás? La serie volvía a jugar con mi memoria sin duda.

Pero de lo que nunca me pude olvidar fue de un tal David Bowie corriendo despavorido entre oficinas, mientras la realidad se abatía a sus pies; de “BOB” (el desaparecido Frank Silva, en el papel que lo inmortalizó) reptando sobre el frágil cuerpo de Laura Palmer, y finalmente con una imagen que al día de hoy me escandaliza, me intriga y no me deja en paz:

¿Quién es Judy? ¿Quién eres tú?

Pero, al más puro estilo del Black Lodge, esas imágenes desaparecieron de mi realidad, esperando la alineación de los planetas. De nueva cuenta, los comics ocupaban mi atención—mi obsesión por La Trilogía de Earth X de Krueger y Ross me demandaba crear una página web para desmenuzar todos sus secretos.

Eureka. Quizás eso sea su único vínculo, si nos esforzamos a crear uno de la nada: fueron sus misterios, sus personajes más grandes que la vida misma, sus locaciones llenas de atmósferas cándidas, fantásticas y amenazantes, sus objetos que guardan un gran poder y verdades a medias, y un vasto universo de ficción que avanza sin parar, ofreciendo infinitas posibilidades narrativas.

Dicho todo esto, vemos que mi vínculo con Twin Peaks era meramente anecdótico, siendo un producto adelantado a su época y que sería incomprendido, como incontables ejemplos en el mundo del entretenimiento. Su gran reputación la precede, y su regreso en 2017 nos da la oportunidad de redescubrirla, de saber de una vez por todas quién mató a Laura Palmer, qué diablos hacía el buen Bowie colapsándose en un vacío dimensional y si realmente fui asustado por el rostro de un chimpancé o de un demonio.

Lo que selló el trato fue sin duda ver esta imagen sacada del episodio piloto de Twin Peaks de 1990, y que hizo a mi cabeza explotar:

Lo que uno se encuentra en YouTube…

25 años. Es 2017 y son veinticinco años del adiós de Twin Peaks. No lo podía creer y a partir de ese momento no habría poder alguno que me evitara devorar todos sus secretos de un solo bocado. Este tipo de cosas, esta serendipia, es lo que hace eterna a la Cultura Pop y la vuelve algo muy preciado para sus fans. La serie es un artefacto muy especial que nos atrapa y no nos deja ir jamás.

Mind = Blown

Ese es el encanto de Twin Peaks, lo que la hace memorable. Es claro que sus momentos off-beat son 100℅ David Lynch y la sugerencia de un “Hipermito”—con permiso de Kurumada—sale del cerebro de su co-creador, Mark Frost, quien intenta sin duda emular a la obra de un Stephen King, el novelista que hizo del estado de Maine un punto focal y un nexo entre lo real y el más allá, y cuya influencia se siente a través de la historia americana. Guiada por sus creadores, Twin Peaks infiere también a esa intención, a la existencia de fuerzas desconocidas que se escurren entre las grietas, amenazando con poseer y engullir a lo cotidiano. Sus revelaciones a cuenta gotas entre cada capítulo atraparon a la imaginación de toda una generación de telespectadores.

Su momento de triunfo se puede sentir en su primera temporada de solo ocho episodios, siendo ésta una cantidad muy adecuada para concentrarse en un reparto de personajes muy específico. Twin Peaks se dio el tiempo necesario para desarrollar plenamente a diversos conceptos: héroes como pocas veces vistos (con Kyle MacLachlan como Dale Cooper, en su rol definitivo como actor), a mujeres que derrochan inocencia, picardía y sensualidad, un muy mesurado comedy relief con personajes secundarios entrañables, además de forjar a su paso una uniformidad estética muy singular, que presenta al pueblo homónimo bajo un filtro en tonos cobrizos y con una atinada mezcla musical entre ambient, blues y orquesta por parte del compositor Angelo Badalamenti.

Tomando a elementos propios de otros géneros y poniéndolos de cabeza, la serie transmite un candor que es contagioso, haciendo de elementos tangenciales como el café, las donas y el pay de fresa algo fascinante. Su temática sobrenatural logra transformar a todo el grandioso espacio rural del Noroeste americano en atmósferas siniestras al caer la noche.

Aún y cuando la segunda temporada introduce los nexos con las clásicas teorías de conspiración americanas, no se salva de tener yerros sumamente evidentes. Creo que su formato de 22 episodios complicó sobremanera la gestión de su trama, sufriendo el muy conocido síndrome del “argumento escrito hasta en la pared”, como dice la jerga hollywoodesca. Capítulo a capítulo, la serie se llena de rarezas innecesarias, situaciones en donde todos los personajes escondían un secreto o se situaban en embrollos que no agregaron valor a la narrativa principal. De esta manera, Twin Peaks culmina con resoluciones poco satisfactorias o sin ninguna resolución en absoluto.

No creo que dar fin a la trama de Laura Palmer fuese lo que “mató” a la serie—el posterior arco argumental de Dale Cooper vs. el diabólico Windom Earle fue muy entretenido—sino que fue esa necesidad de llenar huecos para una temporada larga lo que llevó a decisiones creativas muy desafortunadas, acabando con la paciencia de su público.

Pero ahora, y tras un cuarto de siglo, Twin Peaks llega con nuevos bríos, en un tiempo en el que los estudios cinematográficos y televisivos abogan por resucitar a la nostalgia por aquellas historias que marcaron época. Para su fortuna, esta serie regresa provista de una libertad creativa pocas veces vista en el mainstream. Habiendo dejado desatendida a la segunda temporada, Lynch y Frost vuelven por la revancha, haciéndose cargo de la dirección y guión para beneplácito de todos quienes esperan, por fin, regresar a este lugar que es tanto maravilloso como extraño.

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